I. JESÚS CONDENADO A MUERTE

Treinta y tres años tenía Él y esa mañana era también de primavera. Sol, flores, fiesta y… tenerse que morir irremediablemente a una hora fija.

¡Si al menos le matasen bajo techo! Pero no: a la hora del mediodía, encaramado en un altozano y viendo azulear tranquilamente el humo jubiloso de chimeneas y dorarse la campiña, los montes y la dulce lejanía. ¡Qué bonita es la vida, Jesús!; y qué pena también que a Ti te la hagan ahora sangre y te den la muerte. Pero, ¿qué has podido hacer, tan grave, al margen de dar vista a los ciegos o multiplicar el copo de las barcas?

II. CARGA CON LA CRUZ

La Cruz es el instrumento de Redención: a los suplicios se superpone la realidad del amor. Caminar por la Vía Dolorosa es llevar sobre los hombros el signo inconfundible de ser un elegido; oír continuamente la llamada a ser misionero del amor.

III. PRIMERA CAÍDA

Mira, Cristo, yo también soy un condenado a muerte; llevo mi cruz a cuestas, caigo bárbaramente ante las peripecias de cada día, soy desnudado por el infortunio y a cada momento me clavan las manos los martillazos de la inutilidad. Sólo falta que mi vida sea también redentora.

IV. ENCUENTRA A SU MADRE

¡Qué distinto es el dolor cuando se cuenta al lado con dos ojos cordiales que lo entienden! Cuando en la hora decisiva el mundo entero estaba de espaldas y el mismo Padre corría una veladura, consintiendo una sensación de abandono, María es como una cumbre viva que tiene la estrella de la consolación en el vértice.

V. EL CIRINEO

Simón: cuando el hombre caído pudo levantar la cabeza, ¿te acuerdas del modo con que te miró? ¿¡No lo vas a recordar si era como si te conectaran en los ojos una fuente de agua dulce que te iba resbalando hasta el mismo corazón!?

Simón: si tú tocas a ciegas y sabes distinguir lo que es un escardillo, la azada o el puño de un arado, dime: el tronco aquél ¿era un árbol cualquiera o le notaste el calor y la potencia de una savia que no fuese de esta vida? Simón: ¿cuánto pesaba, verdaderamente, aquel pedazo de madera que llevabais a escote entre tú y aquel Nazareno desconocido?

Simón: cuando se está dentro de un suceso tan doloroso, ¿cómo se ven las gentes a las que estamos sirviendo de espectáculo? ¡Qué envidia de ti…; nosotros, oteando el cielo y tú, en cambio, viéndolo todo por esa puerta grande del conocimiento de Dios que es la caridad!

VI. LA VERÓNICA

Aparece de pronto una foto mía de cuando tuviera veintiún años, meses apenas antes de la enfermedad.

El ideal…: grabar en mi interior una noble y divina figura: vivir con transparencia, ensancharse en el amor de los hombres. Mi ideal, concretado en la realidad tangible de Cristo.

En consecuencia, un sueño: ¡servirle de testimonio, portearle en mi persona con mi ejemplo! Mi ambición de momento, ésa: configurarme a su medida, darle a los demás en mí.

VII. SEGUNDA CAÍDA

Con ojos de criatura no comprendo por qué has querido plantar en este barro una semilla de grandeza… Por eso quiero decirte que necesito, más que nada, de la humildad, de la reverencia de pensamiento para estar cayendo siempre en que lo que grana en esta vida es la divina flor de tu cariño, tu mano que se tiende y trabaja continuamente nuestro corazón.

VIII. JESÚS CONSUELA A LAS MUJERES DE JERUSALÉN

Tres actitudes ante la presencia del dolor:

La de aquél que aún no ha ido más allá del escozor de su herida: ‘Dios me ha quitado…’

La del que acepta, sin entrar en su espíritu de actividad santificante: ‘Dios me ha pedido…’

Y la de aquél que, comprendiendo el valor comunitario del sufrimiento, se da de lleno al ideal de redención: ‘Señor te ofrezco…’

IX. TERCERA CAÍDA

Por favor, Cristo mío, sé indulgente, no te canses nunca de mí. Razón tienes de más para darme la espalda. Ya ves, me nacen las canas y todavía Tú sales, como antaño, a la puerta de mi casa y allí te sientas, espera que te espera, a que yo aparezca por lo hondo del camino.

Tan pobre soy, Señor, que tengo conciencia de que nunca podré remontarme por mi propio impulso. De seguro que nunca habrás puesto los ojos en un manojo de tantas debilidades. Así y todo, olvida mi ficha y dame aliento.

X. DESPOJADO DE SUS VESTIDURAS

Desnudo como has nacido, morirás un día, pero haz por ir más allá, siendo pobre por voluntad, y ya entonces resultará que eres gemelo de Cristo, en su riqueza humilde. ¡Menudo parentesco, amigo!

XI. CLAVADO EN LA CRUZ

¡Qué angustia, Señor; la muerte así, sin dosis; como un trueno seco y grande! Qué dura es la angustia, aunque… ¡si sabrás Tú de agonías para que yo te lo diga! Bueno, pues dame la tuya como modelo y ayúdame a remontar ese puente de la preocupación, para que yo no vea más que lo que importa y que es lo que hay al otro lado de la barrera: ¡Tú mismo, mi Señor!

XII. MUERE EN LA CRUZ

Tengo sed, Señor, del agua de esa fuente. Mi corazón quema de tanta lumbre interior, de tantos ardores siempre. Me abraso de ansias de ser mejor, de notarme más fiel, más leal, más generoso, más incondicional. Mi sed es de Ti ¿por qué has de darte siempre con cuentagotas? ¡Dame más, Señor! ¡Lléname como un aljibe, y casi en seguida, me dejas vacío, para que yo goce además el júbilo de sentir cómo te viertes!

XIII. ENTREGADO A SU MADRE

Dice Jesús: Mi deseo es que la ternura, la pura, hermosa y fragante ternura humana, la vistáis todos desde la mañana a la noche. Cuando llora el hijo de mantillas, vuestra mujer lo toma en brazos y se le esponja el corazón. Y es que una madre es una cosa de la que sale como fuego, como azúcar, como serenidad, como dicha, como alegría.

Os voy a hacer un seguro de ternura para siempre…Estaréis pensando que lo que digo es bonito, pero difícil. ¡Y no! ¿Veis? Es esto: ‘Os doy a mi Madre, que tiene el corazón como una montaña’; y se acabó.

XIV. SEPULTADO

El mundo es, en esta hora, como una campiña arada y llovida de rojo; a él ha descendido el único grano de la verdadera fecundidad. Cristo se deja echar como una semilla en el surco. A Él lo han sembrado sobre el mundo desde esa mano gigante que es la Cruz. Un grano, sólo uno, y qué ciclo tan aprisa… y el pan de Vida que ha de dar por los siglos esta harina tan pura. A la vera de esta sepultura se afinan los clarines y se tensan los timbales para la inmensa algarada de la madrugada del domingo. ¡Aleluya!

Textos tomados de los escritos del Beato Manuel Lozano Garrido (Lolo)

Selección de textos por Rafael Higuera

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 27 de marzo de 2022 No. 1394

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