Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.

El aguijón inexorable de la muerte, limita nuestra existencia. ¿Cuándo, cómo, dónde, en qué circunstancias? Nadie lo sabe; incertidumbre sumante a incertidumbres de lo inexorable. La raíz de la vida, tiene su florecimiento y su final; se marchita simplemente en cualquier momento, bajo el sol relampagueante, bajo las estrellas centelleantes de la noche o bajo la luna pálida, melancólica y triste.

Es solo un instante poderoso que abre a la eternidad.

Nuestra realidad personal se ha conmovido ante el calvario inesperado que, con el golpe y el fulgor del rayo, ha cegado la vida de nuestro hermano sacerdote Operario del Reino de Cristo, Eliseo Hernández Villareal, el primer viernes del primero de marzo del 2024.

A través de las puertas del Corazón traspasado de Nuestro Redentor entró nuestro hermano a la gloria; puertas de misericordia, de ternura y de sangre, de manantial que salta hasta la vida eterna.

Hecho de dolor y de pena evidentes; se rompen lazos de sangre, de parentesco, de amistad y fraternidad de una Comunidad sacerdotal joven. Lazos verdaderamente entrañables.

Ante la misma muerte trágica, con los ojos enrojecidos por las lágrimas, con el corazón dolido y traspasado, confesamos la Resurrección: ‘si con Cristo Jesús sufrimos con él reinaremos; si con él morimos con él viviremos’.

La fe de un sacerdote de Jesucristo, fue compartida por su palabra ministerial acompañada del testimonio de su vida; su esperanza rebasó las fronteras de la sierra chiapaneca, de Estados Unidos de Norteamérica y recientemente su trabajo en la Dirección General de los Operarios, y en los muros añosos de la Ex Hacienda La Labor. Su caridad sacerdotal, cumplida y entregada, dio testimonio del Dios Amor.

Hermano Eliseo: dejas un hueco en tu familia de sangre; un gran vacío en nuestra Confraternidad y un lugar de tu ministerio sacerdotal que nadie podrá ocupar.

Tu amor sacerdotal reverbere en nuestro corazón. Tu memoria sea siempre gratitud presente por los dones que Dios te concedió y los compartiste con nosotros.

La belleza de la vida, no termina con tu muerte; la belleza de la vida se ha tejido para la eternidad. Tu vida ha sido una estola de mil colores, de los colores del Espíritu: ofreciste el perdón de Dios en el sacramento de la misericordia; ofreciste tu vida con Cristo en la consagración de su Cuerpo y de su Sangre, en las especies de tu cuerpo y de tu sangre; bendijiste el amor de los esposos; derramaste el agua bautismal sobre los infantes; ofreciste el Cuerpo de Cristo y prolongaste su misterio en el misterio de tu existencia sacerdotal.

No te digo, Adiós, sino hasta luego; hasta que ese instante poderoso nos dé paso a la eternidad, también a nosotros, tus hermanos, y nos unamos, según el Amor benevolente de Dios, a los bienaventurados.

 

Imagen de Miriam Valdez


 

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