Por P. Fernando Pascual

En la Última Cena Cristo afirmó: “La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde” (Jn 14,27).

A lo largo de la historia, esas palabras resuenan con fuerza en el corazón de los creyentes.

Los dos mil años de historia de la Iglesia han transcurrido entre guerras, pestes, hambres, herejías, persecuciones, escándalos de todo tipo.

Muchos han sentido miedo, angustia, confusión, incluso desesperanza. No pocos han dejado de creer y han optado por otros caminos.

Pero desde la ayuda de la gracia, con la mirada puesta en Aquel que explica el inicio de nuestra fe, millones de católicos han superado las pruebas y se han mantenido fuertes en la esperanza.

Hoy no estamos en tiempos fáciles. Problemas y tensiones atraviesan a muchas comunidades católicas, al mismo tiempo que siguen en pie diversas tensiones de la humanidad que afectan a todos, también a los creyentes.

En medio de las dificultades del mundo y de la Iglesia, y de las pruebas de cada uno (enfermedades, conflictos en familia, paro), podemos dirigir la mirada hacia la Roca y sentir una paz que solo puede venir de Dios.

Entonces el corazón recibe como una suave brisa que disipa miedos, que aleja tentaciones, que llena de alegría, que fortalece y ayuda a mantener encendida la lámpara recibida en el bautismo.

Cristo ha vencido, Cristo está vivo, Cristo reina. Nos ponemos en sus manos, como miembros de la Iglesia, y dejamos que su Espíritu guíe mentes y corazones hacia la única meta importante: el amor a Dios y a los hermanos.

 

Imagen de Barbara Jackson en Pixabay


 

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