Por Jaime Septién

Hace un buen número de años (no tantos como para que no sirva hoy) la Comisión Social de los obispos de Francia publicó un breve y sustancioso documento que llamó “Rehabilitar la política”. Y dentro de este documento los prelados franceses ocuparon un apartado de cinco puntos para mostrar las claves del aprendizaje de la democracia.

No quisiera extenderme en los otros cuatro puntos (la democracia se aprende en la práctica a lo largo de toda la vida; la familia es la primera enseñanza de las reglas de la vida en sociedad; la juventud es el tiempo privilegiado para la toma de conciencia de la tarea política y los medios deforman la participación al convertir la política en un espectáculo), sino centrar mi atención en la escuela.

Decían los obispos: “La escuela juega un rol primordial, en particular por medio del reconocimiento y el respeto del otro y de los otros, la apertura a un mundo por construir, el aprendizaje del trabajo en equipo y la difusión de una cultura de responsabilidad”.

La escuela no es una aduana, es una plataforma de lanzamiento de colaboración, aprendizaje y amistad. También de imaginación y acceso a la cultura, a las ideas vitales de un tiempo. Pero en México –más ahora—la escuela se ha convertido en un bastión ideológico que oscurece el respeto a los demás.

En lugar de personas libres, sustrato de la democracia, cada vez con mayor frecuencia entrega a la sociedad muchachas y muchachos aspirantes a perpetuar la “cultura del odio y de la muerte”, como decía san Juan Pablo II en un discurso por el aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial (8 de mayo de 1995). Y eso, eso no es correcto.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 24 de septiembre de 2023 No. 1472

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