Por Rebeca Reynaud

El don más precioso que tenemos es la fe, y ésta debe ser el motivo principal para vivir. Solamente viviendo de fe podemos ser fieles. La gente que no es fiel a Dios ha perdido la confianza en Dios. La Virgen María es maestra de fe; le dijo que sí a Dios sin saber exactamente todo lo que había de venir con su fiat (hágase). Vivió tiempos de sorpresas – la Anunciación, la Visitación, la carencia de hospedaje en Belén, la visita de los pastores y de los Reyes Magos, la huida a Egipto- y tiempos de normalidad. Ese era el plan divino.

La fe es creer en lo que no he visto, y confiar en que la Voluntad de Dios es mejor que la mía. Decirle: “Señor, que yo te vea detrás de todo acontecimiento grande o pequeño”.

A Dios hay que pedirle todo menos explicaciones…, con el paso del tiempo entenderemos lo que ahora no se entiende. Dios permite muchas cosas para afianzarnos en la fe; nos prueba a través de tentaciones. El demonio pone de su parte pesimismo, ansias, angustias, temores e imaginaciones que nos llevan a perder la paz. Si luchamos por ser humildes, venceremos. La soberbia que nos ataca es ver todo desde el propio yo: el yo es el centro, es el referente, es la medida de todo. Gran parte de nuestra lucha tiene que ir por no ser el centro, porque Dios sea el centro de la vida. El humilde reza mucho porque sabe que solo no puede nada, y que Dios pone el incremento si hay confianza en Él. Entre menos aparece el yo es más fácil la convivencia con los demás.

Entre más cerca de Dios está una persona más sensible es para arrepentirse y pedir perdón, más consciente es de que debe de cambiar. Juan Pablo II escribe: “No podemos olvidar que la conversión es un acto interior de una especial profundidad, en el que el hombre no puede ser sustituido por los otros, no puede hacerse “reemplazar” por la comunidad.” (Redemptor hominis, n. 20).

Muchas conversiones vienen precedidas por una crisis. La conversión es el paso del yo a “ya no más yo”. 

En el libro Mi vuelta a Dios, Peter Seewald —el que entrevista a Benedicto XVI— cuenta que estaba solo, de viaje en un tren, y decidió leer el Evangelio según San Mateo. Narra: Leí –dice- como nos enseñó a leer textos un viejo profesor de mi escuela. Acostumbraba a decir que todo escrito delata a su autor: “Puedes saber todo de una persona, si conoces su lenguaje. No te conformes con lo que otros han pensado o han dicho. Tú eres el primer lector. Se ha escrito sólo para ti, y si lo estudias con los sentidos abiertos, aprenderás”. Leer el Evangelio bajo esta luz fue estremecedor. Ninguna de las personas que yo conocía podía escribir así. La dicción de ese texto, las afirmaciones, las asociaciones, todo lo que decía Jesús y cómo lo decía, casi todo estaba completamente fuera del ámbito humano. ¡Dios mío!, pensé, apoyé la cabeza en las manos y contemplé durante mucho tiempo desde la ventana el mundo (…) Eso que acabo de leer no es otra cosa que la Palabra de Dios (cfr. p. 98s).

Peter Seewald sigue diciendo en su libro Mi vuelta a Dios: Más adelante me pareció que los cristianos tienen una serie de ventajas que no había visto nunca. ¿No son más naturales y al mismo tiempo más sobrenaturales, porque intentan participar de lo invisible y de lo infinito? ¿No tienen un mayor consuelo pues saben que sus pecados les son perdonados? Tienen la tradición con todo lo que los hombres han vivido, han enseñado, han experimentado a lo largo del tiempo. Tienen palabras sacras que les dan fuerza. Se pueden alegrar mejor porque Dios les regala todo…Tienen los artistas más geniales, los templos más bellos. Incluso tienen a los ángeles a su lado… Y tienen la Buena Nueva sobre la que pueden meditar (cfr. p. 106s).

Yo no quería conocer la verdad light de la fe. Los sacerdotes que se avergüenzan de las verdades de fe de la Iglesia me aburrían. Su modernidad es tan fresca como la mantequilla rancia. Es una teología que no quema, que no enciende a nadie. Yo buscaba el original, las bases, aunque fueran difíciles de comprender y de aceptar. El cristianismo no es una religión de ególatras; de eso ya me había percatado. Quizás sea esta la razón de por qué la religión de Jesús encuentra tantas dificultades en una sociedad de personas egocéntricas. Yo había estado ausente de ella por más de 20 años… Cuando un periódico alemán me ofreció el puesto de especialista en religión, lo rechacé indignado, no quería tener relación con la fe… y de repente te encuentras en la venerable abadía de Montecassino frente a un cardenal; dejas que te explique la doctrina cristiana y luego escribes libros sobre temas que antes ni siquiera te interesaban. El encuentro con el cardenal Ratzinger me dio el empujón para dar el último gran paso (cfr. p. 114 -118).

Una fe viva, verdadera, vivida hora tras hora en una ofrenda continua, haría inflamar un incendio purificador en toda la Iglesia; sería capaz de detener la hemorragia de almas encaminadas a la perdición eterna. 

Hace unos años, el Cardenal Ratzinger decía que la fe cristiana brilla con dos grandes testimonios. El primero es la santidad, la caridad heroica de los santos. Y el segundo es la belleza del arte cristiano que rodea la liturgia. Los dos son signos de Dios y llevan a Dios.

A una pregunta sobre la relación entre razón y fe, Don Javier Echevarría -prelado del Opus Dei-, contesta: “De alguna manera, la fe protege a la razón de la superstición y del miedo, a la vez que invita a reconocer la existencia del misterio. La fe ayuda a la razón a percatarse de sus límites, pero también a recuperar la confianza en la grandeza de sus posibilidades” (Romana n. 40, Milán, mayo 2005).

Benedicto XVI dijo: «La escuela de la fe no es una marcha triunfal, sino un camino salpicado de sufrimientos y de amor, de pruebas y fidelidad que hay que renovar todos los días». «Pedro, que había prometido fe absoluta, experimenta la amargura y la humillación del que reniega: el orgulloso aprende, a costa suya, la humildad», indicó, mostrando la clave que hizo de Pedro un apóstol. (Audiencia miércoles, 24 mayo 2006).

Hay personas que se burlan de los que tienen fe, y ellos tienen, en cambio, supersticiones. Decididamente, Chesterton tenía razón: se empieza dejando de creer en Dios y se acaba creyendo en cualquier cosa. Hay que tener en cuenta que existe un vínculo entre la pureza de corazón, la del cuerpo y la de la fe (cfr. CEC 2518).

 

Imagen creada con ideogram.ai


 

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