Por Rebeca Reynaud

En 1223 San Francisco puso el primer nacimiento de la historia, en una pequeña localidad de Italia llamada Greccio. El Profesor Juan Ignacio Ruiz Aldaz explica que este tema es de gran actualidad porque se cumplen 800 años del Pesebre de Greccio, en el Lazio.

San Francisco había llegado de Tierra Santa tres años antes. Greccio le da un recuerdo vivo de lo que vio en la Gruta de Belén, entonces decide rememorar el acontecimiento del nacimiento del Señor. Y desde entonces se extendió la costumbre de representar el Nacimiento de Cristo en una gruta.  Lo esencial en ese momento es una celebración de la Santa Misa. San Francisco decide que esa Misa se celebre en una cueva. Pide a un amigo, Juan de Greccio, que le facilite un buey y una mula para que el recuerdo fuera más vivo. Pone también la figura de Jesús Niño.  Allí, tiene lugar en ese momento un Belén real, es el encuentro que tenemos todos al comulgar. La Pasión y Resurrección se actualizan en la Misa.

“Bethehem” es la casa del pan en su etimología. Para nosotros la Iglesia es el lugar donde se hace presente el Pan vivo.

Al rememorar dos textos de San Francisco, lo que se percibe es esa conexión de los misterios. Dice que este Verbo del Padre, tan digno, tan santo, fue enviado por el Altísimo Padre al seno de la Virgen María. Siendo soberanamente rico escogió la pobreza. La Voluntad del Padre fue que Cristo se ofreciese a sí mismo como hostia y Pan.

El segundo texto de Francisco es semejante: Ved que diariamente se Dios misericordioso se humilla cuando, desde el tono real, descendió al seno de la Virgen María para asumir nuestra carne. Viene él mismo en humilde apariencia a las manos del sacerdote.

Teología sapiencial de la Navidad 

La palabra vértigo que se puede sentir ante una catarata como la del Salto en Venezuela, cae a mil metros de altura, sin embargo, cualquier vértigo o altura es insignificante cuando hablamos del Nacimiento del Señor. En Cristo hay dos naturalezas, pero la naturaleza divina y la humana no son simétricas sino infinitamente asimétricas. Nos asomamos a una altura de vértigo ante el misterio de Cristo. Nos encontramos con alguien igual a nosotros, y al mismo tiempo infinitamente diferente.

“En el Principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios” (Juan 1,1). La Iglesia nunca rebaja la identidad de Jesucristo.

La palabra filantropía se entiende como una acción benéfica horizontal. En la “Misa de Gallo” se lee una carta de San Pablo a Tito que dice: Se ha manifestado la bondad de Dios y su amor al hombre. Solamente Dios es filántropo, se vuelca ante la pequeñez para salvar al ser humano. La filantropía es un atributo divino. Los Padres de la Iglesia en sus escritos están llenos de la palabra filantropía. San Cirilo dice que sólo en Dios se realiza plenamente la filantropía. En la Navidad se revela la filantropía de Dios.

El tercer término a comentar es el término confianza. En Belén experimentamos el poder infinito y que guía la historia es un amor de grandeza infinita. Dios ha asumido nuestra pequeñez. Todo lo que sucede en la historia es amor conmovedor, todo lo que sucede tiene sentido junto al Niño de Belén que después va a padecer en la Cruz. Ese amor se manifiesta en la Noche de Belén, ya que el Niño ha asumido nuestras experiencias de dolor y de desvalimiento. Él es la verdadera fuente de calor.

El curso de la historia humana sin Jesucristo es un invierno perenne. Benedicto XVI se refería a la historia humana como una oscura noche invernal apartada de Dios. Y en Belén se le ofrece al ser humano ese calor que tanto busca.

La simplicidad la necesitamos para abordar el misterio de Dios. La perfecta medicina ante una mentalidad materialista es lo que dice San Agustín: Un mundo construido sobre la base del amor de Dios, construye la Ciudad de Dios; un mundo construido sin Dios construye una ciudad inhumana.

Los que estaban velando, en Belén, reciben una señal, un Niño envuelto en pañales acostado en un pesebre. Para aceptarlo se necesita una profunda sencillez. Los Magos, astrónomos, cambian su mentalidad para conocer al Hijo Eterno de Dios, dando todo lo que ellos son.

La palabra alegría se da en el rostro de José y María, y en los rostros de los pastores. ¿Qué novedad trajo? Él mismo, la novedad misma de Dios. La Navidad habla de la posibilidad de tener a Dios entre nosotros. ¡Jesús es el Emanuel!: ¡Dios con nosotros! ¿Por qué trae alegría? Porque si lo creemos, nos sabemos muy amados. En el Romance del Nacimiento de San Juan de la Cruz, el santo habla de que en la Encarnación de Jesús tiene lugar ese intercambio: Dios que asume nuestra condición humana para que podamos participar de la condición divina.

La luna nos parece un astro invariable, pero no es así. Los meteoritos que caen sobre ella producen un cráter y una vibración. La venida de Jesús es una campanada incomparable. Stendhal hizo una visita a Florencia y experimentó una sensación de profundo decaimiento por una sobrecarga de experiencias estéticas. A esto se le llama el “síndrome Stendhal”. El acontecimiento de Navidad –ese acontecimiento divino- nos supera a todos.

Los Nacimientos que ponemos son una representación del mundo

El acontecimiento de Jesús, es tan grandioso, que hizo del mundo un Belén viviente donde se le puede encontrar a Él mismo vivo. El mundo entero está a la espera del Salvador, aunque no lo sepa. Jesucristo es el Evangelio en persona, es la Buena Nueva, es el anuncio que todo ser humano ansía. El Nacimiento del Señor convierte al mundo entero en un Belén, es la mejor noticia para un mundo hambriento. Es la Noticia verdaderamente Nueva.

El Papa Francisco dice: “Quiero llegar a Belén, Señor y Dios mío, porque es allí donde me esperas. Y darme cuenta de que Tú, recostado en un pesebre, eres el pan de mi vida”. 

 

Imagen de Christian R. Rodríguez en Cathopic


 

 

Por favor, síguenos y comparte: