Por P. Joaquín Antonio Peñalosa
El último censo de población nos ha confirmado los que ya imaginábamos, que hay mayor número de ciudades y mayor número de habitantes en cada ciudad. La irrupción urbana, por contrapartida, despuebla el campo. Somos un país cada vez más urbano y, por lo mismo, más industrial; pero desafortunadamente, menos campesino.
Si la agricultura disminuye y fracasa, todo el país se empequeñece y fracasa, aquí y en cualquier nación. No podemos borrar del conocido poema de López Velarde, el verso inicial: “Patria, tu superficie es el maíz”. Así sea un bosque de chimeneas y de naves febriles, una nación es pobre si no es capaz de producir los alimentos que consume.
Este proceso invasor de las ciudades ha repercutido también en la destrucción de la morada natural del hombre. La ciudad se ha comido al campo, al río, a la arboleda, a los pájaros de lindo plumaje, a la pureza del aire, a la visibilidad del cielo. A nivel microscópico, el capitalismo se presenta como un sistema capaz de embellecer la vida humana; pero a nivel macroscópico, no ha hecho sino destruir y deformar sistemáticamente a la morada humana.
Mientras los anuncios ensalzan en términos superlativos, los atributos de los mil y un productos, según intentan presentar el consumo como un magnífico paraíso, las maquinas socavadoras destrozan la naturaleza y convierten la ciudad en monstruo de cemento y en gigantesco estacionamiento.
El proceso de destrucción y de mutilación de la naturaleza y el medio ambiente iniciado hace dos o tres siglos con la irrupción de la tecnología, ha alcanzado su máxima expresión en los últimos 30 años al profanar sistemáticamente la belleza del paisaje para construir unas ciudades-colmenas feas y polucionadas sin la debida planificación ni el respeto a la dignidad de la vida humana.
Las metrópolis del mundo ofrecen la misma imagen tumultuosa y gris, ciudades deshumanizadas que han perdido su carácter de hogar para convertirse en fríos centros de venta y circulación, en mercados y garajes. Las plazas y jardines del siglo XX son las superficies del estacionamiento. Primeo el automóvil, después la persona.
Y todo por el utilitarismo y por la mercantilización del espacio. Se trata de construir más casas en el menor espacio posible para mejores dividendos. Su majestad es el Metro Cuadrado, no importa que la familia viva hacinada y el hombre aislado y atomizado.
Ubicado en un espacio regulado por el egoísmo y por el afán capitalista de acumular más y más dinero sin conciencia social ni límite moral que valga, el hombre urbano vive – ¿de veras vive? -, en un p alomar, en corralito donde no es posible ni la intimidad ni la libertad, aislado de la naturaleza y condenado a pasar sus años entre unos tabiques sin ilusión de los que sale para asistir a algún deporte de masas o fundirse con la multitud como pasajero o peatón anónimo.
Artículo publicado en El Sol de México, 4 de octubre de 1990. Monseñor Peñalosa fue un sacerdote y escritor potosino, autor de numerosas obras, entre las cuales se puede destacar Elogio a la silla.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 9 de noviembre de 2025 No. 1583





