Por P. Fernando Pascual
Existe el peligro de ver la propia vida como si fuera gris, aburrida, sin sentido, incluso fracasada.
Ese peligro surge cuando nos damos cuenta de la insignificancia de nuestras acciones, de lo poco relevante del propio trabajo, de la monotonía en la que transcurren días, meses y años.
Ver así la propia vida es erróneo, porque deja de lado el núcleo profundo que explica su inicio y su sentido: el amor de Dios. Cada uno existe porque es amado por Dios, y porque Dios desea invitarlo a participar en el amor.
Puede ocurrir, y ese peligro nos amenaza a todos, que vivamos de modo egoísta, o encerrados en nuestro pequeño mundo, sin abrir el corazón a horizontes de amor que todos podemos descubrir ante nuestros ojos.
Lo importante es reconocer y celebrar la belleza de mi vida. No existo por error, no estoy llamado al fracaso o a la insignificancia.
Existo desde un amor eterno que me mantiene cada día, que me bendice de mil maneras, que me acompaña en los momentos buenos y en las dificultades, que me levanta en las caídas, que me anima a perseverar en las obras buenas.
Existo porque a mi alrededor he encontrado tantas personas buenas que me indican el camino del amor, que me apoyan en las pruebas, que me dan las gracias por pequeños gestos que todos podemos llevar a cabo.
Cada día necesito abrir los ojos para descubrir la inmensa belleza de un Dios que está a mi lado, que me invita nuevamente al amor, que perdona mis pecados, que me da fuerzas para el camino.
Con los ojos bien abiertos, reconoceré esa belleza eterna, infinita, que existe en mi corazón y en el corazón de tantas personas que encuentro en mi camino, hijos del mismo Padre que nos ha creado desde el amor y que nos invita, junto a Él, a amar.





