Por P. Fernando Pascual

Las llaves del coche no estaban en su lugar. Empieza la búsqueda. Lanzamos preguntas a uno y a otro. Al final, uno responde que las tomó porque tenía prisa.

Surge algo de rabia: “¿por qué no avisaste? ¿Crees que el coche es solo para ti?” El otro responde con dureza: “¿acaso hay que pedirte permiso para todo? ¿No quedamos en que el coche lo toma el primero que lo necesita?”

Las palabras aumentan de calibre. La rabia enciende los corazones. Ha empezado un conflicto “tonto” por un asunto que, en muchos otros lugares, no habría generado ni tensiones ni reproches.

Al analizar una situación como la anterior (y, por desgracia, ocurre con mucha frecuencia y con una amplia gama de reacciones), surge la pregunta: ¿qué había detrás de ese conflicto?

En cada caso la respuesta será diferente. Hay, sin embargo, un aspecto que suele darse en muchos de esos conflictos tontos: la existencia de un descontento y de una rabia que poco a poco crece en cada corazón.

En otras palabras: un asunto como el de las llaves del coche se habría afrontado de un modo muy diferente si entre las dos personas hubiera armonía, paz, comprensión, afecto mutuo.

En cambio, si las dos personas guardan rencores por conflictos anteriores, o tienen actitudes de antipatía mutua, la reacción podrá ser más o menos virulenta, pero tendrá sus raíces en lo que cada uno piensa y siente sobre el otro.

Un conflicto puede ser la ocasión para analizar y ver si existan entre dos o más personas tensiones acumuladas por el tiempo y juicios negativos hacia el otro. Precisamente esas tensiones y juicios son el detonante de muchos conflictos en la familia, en el trabajo, incluso en ambientes religiosos (una parroquia, una comunidad).

Si analizamos, desde la oración y abiertos a Dios, las raíces del conflicto, podemos descubrir qué necesitamos curar en nuestro corazón. Tal vez reconoceremos que hace falta perdonar, en serio, al otro. Otras veces tendremos que vernos a fondo para descubrir una antipatía nunca curada que necesitamos extirpar lo más pronto posible.

No es fácil hacer un trabajo de introspección para encontrar lo que pueda haber detrás de un conflicto. Pero si deseamos vivir en armonía con los demás, y si queremos tener el alma en paz para construir sociedades basadas en el auténtico amor cristiano, un conflicto bien afrontado puede convertirse en una ocasión para dar nuevos pasos hacia el perdón y la caridad que nos permitirán, en el futuro, evitar nuevos conflictos y, sobre todo, fomentar relaciones basadas en un amor sincero y concreto.

 
Imagen de Ryan McGuire en Pixabay


 

Por favor, síguenos y comparte: