Por Rebeca Reynaud
¿Qué es lo que salva? La fe, la esperanza y la caridad. La salvación es un don; para recibirlo hay que creer en Dios. La fe vista sólo como un acto intelectual es algo estrecho, ésta no es la fe que salva, la fe es también un acto de la voluntad, dice Benedicto XVI. San Juan, el apóstol amado, dice: Esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe (1 Jn 5,4). La fe es batalla y es victoria. La fe no la establece la razón, sino la Sagrada Escritura y la Tradición.
Las Escrituras son palabras vivas. Viven y dan vida nueva a cada generación. La renovación de la mente es el proceso de cambiar nuestros patrones de pensamiento, pasando de una perspectiva humana y limitada a una mentalidad divina y celestial. Significa aprender a pensar como Jesús, permitiendo que la fe y la razón se armonicen para ver la realidad desde el cielo y manifestar la voluntad de Dios en la tierra. Según Romanos 12:2, la verdadera transformación no proviene de hacer más cosas, sino de permitir que la Palabra de Dios nos moldee desde dentro. Una mente renovada deja de limitar a Dios y reconoce que la fe es como un río.
Un periodista le preguntó al Papa Benedicto XVI que, si tuviera que irse a una isla y sólo pudiera llevar dos libros, cuáles serían. Contestó:
– La Biblia y las Confesiones de San Agustín.
Benedicto XVI comentó sabiamente en un Angelus: “Si llevamos en la mente y en el corazón la Palabra de Dios, si entra en nuestra vida, si tenemos confianza en Dios, podemos rechazar todo tipo de engaños del Tentador”. Benedicto XVI define a los santos como “los que se han dejado plasmar por la Palabra de Dios a través de la escucha, la lectura y la meditación asidua” (Ex. Ap. Verbum Domini, 48). Este es el punto de partida para hacer un apostolado fecundo, pues, como recuerda el Papa Francisco, “la evangelización requiere la familiaridad con la palabra de Dios”, y esto exige “un estudio serio y perseverante de la Biblia” (Ex. Ap. Evangelio gaudium, 175).
La constitución dogmática sobre la revelación, Dei Verbum, dice: “La palabra de Dios, que es fuerza de Dios para la salvación del que cree, se encuentra y despliega su fuerza de modo privilegiado en el Nuevo testamento. Cuando llegó la plenitud de los tiempos (Gal 4,4), la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros llena de gracia y verdad (cf. Io 1,14)” (n.17). Y continúa: Se “recomienda a todos los fieles (…) la lectura asidua de la Escritura para que adquieran la ciencia suprema de Jesucristo (Phil 3,8), pues “desconocer la Escritura es desconocer a Cristo [1]” (…) “Recuerden que a la lectura de la Sagrada Escritura debe acompañar la oración para que se realice el diálogo de Dios con los hombres” (n. 25).
Esta Constitución también afirma: “En los libros sagrados, el Padre que está en el cielo sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos”… La palabra de Dios es “sustento y vigor de la Iglesia, firmeza de fe para sus hijos, alimento del alma, fuente límpida y perenne de vida espiritual” (n. 21). Y continúa: Parece que esta constitución es el acontecimiento más grande del Concilio. Hay un viraje en los estudios teológicos, y, además, organizan la Liturgia para que se conozcan las Escrituras.
La Biblia es clave para entender la historia porque la verdadera Historia es historia de la salvación. La Biblia se conquista como la ciudad de Jericó: dándole vueltas.
Para adquirir mayor familiaridad con la Sagrada Escritura, señalamos dos puntos.
a) La lectura diaria del Nuevo Testamento ha de ser una lectura “orante”, que favorece el diálogo con Dios.
b) Un cierto conocimiento del Antiguo Testamento es imprescindible para comprender mejor el Nuevo. Hay que leer poco a poco todos los libros de la Biblia, comenzando por los históricos para tener un marco referencial.
San Juan Crisóstomo dice:
“Ambos testamentos sólo difieren en el nombre, pero no se contradicen ni están en pugna. El Antiguo resulta Antiguo a causa del Nuevo (…). La educación dada por el Antiguo Testamento es a la manera de la leche; la que se da en el Nuevo es como alimento sólido; pero nadie usa del alimento sólido antes de haberse alimentado con leche” (Homilías I, Ed. Tradición, México 1976, p. 216s).
En la Exhortación Ap. Verbum Domini, de Benedicto XVI nos enseña que la fe cristiana no es una “religión de libro”, el cristianismo es la religión de la Palabra de Dios, pero no de una palabra escrita y muda, sino del Verbo encarnado y vivo. Además, la Palabra de Dios es el fundamento de toda la realidad. “Por medio de la palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho” (Juan 1,3). Por la fe sabemos que la Palabra de Dios configuró el universo. Este es un gran anuncio liberador. Todo lo que existe no es fruto del azar irracional sino que ha sido querido por Dios, está en sus planes.
En su gran condescendencia, Dios nos habla en palabras humanas. A través de todas las palabras de la Sagrada Escritura, Dios dice sólo una palabra, su Verbo único, Jesucristo, “es un mismo Verbo que resuena en la boca de todos los escritores sagrados”, dice San Agustín (Psal. 103, 4,1). Allí el cristiano encuentra su alimento y su fuerza, porque Dios habla al hombre a la manera de los hombres (CEC, n. 109).
¡Cuánto consuelo dan estas palabras del Apocalipsis!: “Mira que estoy a la puerta y llamo: si alguno escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él, y él conmigo. Al que venza le concederé sentarse conmigo en mi trono” (3,20). La imagen de Cristo llamando a la puerta es de las más bellas y enternecedoras de la Biblia.
[1] San Jerónimo, Com in Is. pról: PL 24, 17. Cf. Benedicto XV, enc. Spiritus Paraclitus: EB 475-480.
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