Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.
La humanidad ha caminado entre luces y sombras; la muerte pisa los talones a la vida, la verdad cuyo oponente es la mentira o el error; el bien hostigado por el mal; lo bello ignorado por el pseudoarte comercial.
Terminamos un año que se cierra con verdaderos desastres humanos, familiares, políticos y sociales.
Parece que tantos pesares nos anegan sin posibilidad de solución. La esperanza parece una completa y definitiva utopía, de ‘ou-topos’, sin lugar, un permanente no llegar a un final feliz.
Pero la última y definitiva palabra no la tiene el hombre convertido en dios de sí mismo; más bien su autocracia, es su fracaso y el sin sentido que lo sume en el despertar de la nada.
Es posible la Redención, así con mayúscula. Porque la última, definitiva, temporal, eterna y escatológica, es aquél que es la Palabra que humanado nos propone que usemos las dos alas del espíritu humano, la razón y la fe.
La razón es redimida por la fe; la memoria por la esperanza y la voluntad por la caridad o el amor a toda prueba.
Esta Palabra encarnada es el Hijo de Dios e Hijo de la Santísima Virgen María; el misterio de la encarnación se une indisolublemente al misterio de la maternidad divina de María Virgen. En ella se cumplieron la profecía, de la Almah-Virgen, de quien concebiría y daría a luz a su hijo primogénito’ (cf Lc 2, 16-21), el Emmanuel, Dios con nosotros.
‘Lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo’ (Mt 1, 20-21), como se le anunció a san José en sueños, el hombre justo.
Al misterio de la maternidad divina de María, – la Teotókos= engendradora de Dios, definido por el Concilio de Éfeso (431)-, hace referencia san Pablo en la Carta a los Gálatas (4,4): ‘Al llegar la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley’.
Todos necesitamos ser humildes y sinceros de corazón para reconocer al Redentor Jesús, y a su Madre María, asociada a esta maravillosa e insustituible redención de todo el género humano.
Todavía es posible la Redención de los que andan en peligro y en sombras de muerte y de nosotros bautizados que hemos dado la espalda a Jesús, a su Madre y a la Iglesia.
Hemos de seguir el camino de María Santísima para encontrarnos con el misterio de Dios, el misterio de aquél que es la Palabra y el Acontecimiento de salvación.
Hemos de progresar en el conocimiento del corazón, que es la sabiduría de los santos (cf Papa Benedicto), y que nos sea propicio y nos bendiga (cf Núm 6,25), en este Año Nuevo que comienza, 2026.
Que, por intercesión de la Santísima Virgen María, Madre de Dios, -la Omnipotencia suplicante, como la invocaba san Bernardo-, nos alcance la Paz en todos los órdenes.
Que nos alcance la Paz ‘desarmada y desarmante’, presencia y un camino’, que cambie radicalmente nuestra conciencia humana, según el Papa León XIV en su mensaje de Año Nuevo, por la Jornada Mundial de la Paz, porque Jesús es Nuestra Paz (cf Ef 2,14).





