Por Fernando de Haro

Los que vivimos en un país seguro (más seguro de lo que creemos) no sabemos qué significa tener miedo de los delincuentes y tener también, el mismo miedo, de la policía y de los militares porque la policía y el ejército forma parte de una organización criminal.

Los que estamos acostumbrados a no ser detenidos de forma arbitraria, a poder expresar nuestras ideas políticas, a criticar a un Gobierno, no sabemos qué significa estar preso en la cárcel sin haber cometido más delito que defender aquello en lo que se cree.

Los que estamos acostumbrados a que se nos haga justicia en los tribunales (aunque esa justicia sea lenta y a veces imprecisa) no sabemos qué supone vivir en un país donde el Gobierno mata a la gente con ejecuciones extrajudiciales, qué significa jugarse la vida en una manifestación, no sabemos cómo quebranta el cuerpo y el alma el dolor de la tortura.

Los que elegimos con nuestro voto a nuestros representantes no sabemos qué frustración supone votar por el cambio y que ese cambio no llegue. Los que comemos tres veces al día no sabemos qué significa comer solo una vez al día, no tener medicinas, no tener hospitales.

Los que vivimos en nuestra patria no sabemos el dolor que supone vivir en el exilio como viven siete millones de venezolanos, no sabemos qué significa huir cruzando selvas peligrosas, tener que prostituirse para sobrevivir.

Todo eso sí lo conocen los venezolanos que viven fuera y dentro de Venezuela. Unos y otros recibieron el sábado (3 de enero) con esperanza e inquietud la noticia de que Trump había detenido a Maduro, lo había sacado del país y lo había llevado a Estados Unidos para juzgarlo por narcotráfico.

Se volvió a despertar la esperanza como tantas otras veces en las que parecía que el chavismo se había acabado. La espera de un futuro mejor es irrenunciable, a pesar de la represión, la espera de la justicia, de la verdad, de la libertad es irrenunciable porque se enciende con el aire que entra en los pulmones, se enciende con la conciencia de estar vivo.

Una historia que no termina aquí

Es todavía pronto para saber cómo va a terminar la historia que comenzaba con el apresamiento de Maduro. Es probable que esa detención haya contado con el apoyo de elementos del régimen, es probable que Trump y líderes del chavismo llegaran a un acuerdo. Es probable que esos líderes chavistas no hayan cumplido su palabra, Trump quiere siempre soluciones inmediatas y nunca tiene la paciencia necesaria para entrar en la complejidad de los asuntos. Eso provoca que sea fácil engañarlo como bien sabe Putin.

La rueda de prensa de Trump del sábado, disparatada como es habitual, dejó claro que la captura de Maduro no fue una simple operación policial contra la droga, una operación quirúrgica para facilitar una rápida transición.

El derecho internacional dice que lo hizo Trump no fue legal. No se puede intervenir en un país soberano salvo en algunas circunstancias muy especiales y con autorización del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Pero la falta de legalidad podría haberse suplido con un plus de legitimidad.

Naciones Unidas ha documentado sobradamente cómo Maduro ha cometido crímenes de lesa humanidad, asesinatos extrajudiciales, desapariciones forzadas y torturas. Maduro le ha robado al pueblo venezolano su soberanía, le robó las elecciones de julio de 2024 en las que una inmensa mayoría de venezolanos apostaron por el cambio, por Edmundo González y María Corina (Machado).

Si Trump hubiera anunciado que les cedía el poder rápidamente para iniciar una transición y confirmar el resultado electoral de 2024 hubiéramos podido creer que su prioridad era el bien de los venezolanos. Pero Trump ha dicho que quiere poner en marcha una especie de protectorado largo, una transición sin fecha final y ha descalificado a María Corina.

Y, por si fuera poco, nos ha hecho saber que las petroleras estadounidenses van a explotar las mayores reservas de crudo del mundo. Veremos en qué queda todo, pero Trump no está aplicando la doctrina Monroe, la que defiende que Estados Unidos sea para los estadounidenses, sino una nueva forma de expansionismo en “su patio trasero”: América Latina.

¿Quién es Trump para decidir si María Corina está o no está preparada para asumir el poder? Quienes deben decidir son los venezolanos y los venezolanos ya decidieron.

¿Hay algún tipo de acuerdo tácito o expreso entre Rusia, China y Trump para repartirse las zonas de influencia? ¿Se retira Estados Unidos de Europa, dejándola desprotegida ante el expansionismo de Putin, para centrarse en todo el continente americano? Sería una nefasta noticia para América Latina.

El gran error y la esperanza

En cualquier caso, el cambio no se ha producido. Detener a un tirano y dejar un régimen dictatorial en pie es un gran error. No darle la voz al pueblo y a sus representantes legítimos argumentando que no tienen suficiente madurez es propio de un líder que no cree en la democracia. Quedarse con el petróleo de los venezolanos sería un expolio.

Como dijo María Corina al recibir el Premio Nobel de la paz: “Un pueblo que elige la libertad contribuye no solo a sí mismo, sino a toda la humanidad. Alcanzamos la libertad sólo cuando nos negamos a darnos la espalda a nosotros mismos; cuando aceptamos la verdad directamente, no importa lo dolorosa que sea; cuando el amor por lo que realmente importa en la vida nos da la fuerza para perseverar y prevalecer. Solo entonces nos convertimos en quienes realmente somos, capaces de vivir una vida digna de ser vivida”.

El autor es periodista, editor y director del portal páginasDigital.es

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 11 de enero de 2026 No. 1592

 


 

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