Por P. Fernando Pascual
Puede parecer sorprendente, pero encontramos buenos y malos en todas partes: en las familias, en las fábricas, en el campo, en las oficinas, en el gobierno, en los grupos religiosos, en el deporte, en la prensa, en los bancos, en los hospitales y en los juzgados.
Nos puede sorprender cómo el bien y el mal entra en tantos corazones y en lugares tan diferentes. Pero cada corazón, esté donde esté, puede escoger el buen camino, o puede optar por las trampas, la injusticia y el egoísmo.
La lucha entre el bien y el mal aparece en numerosos relatos antiguos, sea en mitos, sea en narraciones religiosas, sea en la literatura, sea en documentos de historia.
Cuando, sin prejuicios, analizamos este hecho, nos damos cuenta del error de quienes dicen que son buenos solamente unos y que son malos solamente otros. Este error ha sido especialmente trágico en ideologías que perseguían a inocente simplemente porque estaban en la lista de los malos, mientras cerraban los ojos a quienes cometían delitos porque se encontraban en la lista de los buenos.
Al reconocer, con realismo, que buenos y malos están desperdigados entre casi todos los grupos, surge la pregunta: ¿qué lleva a algunos a vivir bien, y a otros a escoger el mal? Surge además otra pregunta: ¿por qué ningún grupo garantiza que todos sus miembros sean buenos?
La respuesta a la primera pregunta permite responder a la segunda: cada uno escoge, al tomar sus decisiones, cuáles son sus preferencias y qué criterios sigue en el camino de la vida, independientemente del grupo al que pertenece.
Es cierto que algunos grupos, como el de una asociación criminal, estaría prácticamente compuesto solo por personas malas. Pero incluso en ese grupo brilla, en ocasiones, la actitud de quien se opone a sus compañeros y opta por la justicia y el bien.
También es cierto que otros grupos, que tienen por definición fines altruistas, como un grupo de beneficencia, estaría formado mayoritariamente por buenos, aunque no faltan ovejas negras que se aprovechan de los demás o incluso que incurren en delitos mal llamados de guante blanco.
Frente a este hecho, lo importante es mirar los corazones; primero, el propio corazón, para ver hacia dónde se dirige; luego, el de otros, aunque pertenezcan a un grupo que para algunos podría ser “sospechoso”.
Desde el corazón, cada uno decide si pone en marcha un acto bueno o un acto malo. Por eso, pedimos a Dios que nos guíe y oriente para dejar a un lado cualquier tentación que nos lleve hacia el pecado, y nos estimule pacientemente hacia el camino que lleva a lo bueno, al amor y a la justicia.
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