Por P. Fernando Pascual

Tenemos muchos deseos. Luchamos por alcanzarlos. No siempre lo conseguimos.

Entre esos deseos, los hay buenos y los hay malos. Al secundarlos, podemos escoger buenos medios o recurrir a acciones equivocadas.

Es bueno desear un amigo. Es malo querer subyugar a otro a nuestro modo de pensar o de querer.

Es bueno contar con buena salud. Es malo perseguirla a costa de renunciar a valores como la justicia o la solidaridad.

Es bueno tener un patrimonio. Es malo perseguirlo a costa de zancadillas en el trabajo para lograr un ascenso inmerecido.

El drama humano consiste en esa experiencia continua de tener aspiraciones erróneas, o en buscar lo bueno por caminos equivocados, a veces provocando graves daños para otros y para uno mismo.

Frente a ese drama humano, Dios ofrece una respuesta sorprendente. No solo nos ha dejado unos mandamientos, sino que ha enviado a su Hijo para indicarnos el buen camino y para darnos fuerzas para alcanzarlo.

Desde entonces, Cristo busca entrar en los corazones para purificar los deseos, para erradicar malas aspiraciones, para perdonar pecados, para infundir un amor que empieza en el tiempo y llega hasta la vida eterna.

Es cierto que Cristo no obliga a nadie a abrirle las puertas de su alma. Como dice el libro del Apocalipsis, está a la puerta y llama. Cada uno puede abrirle o no abrirle (cf. Ap 3,20).

Todo aquel que le abre, que le recibe, empieza a ser y a vivir como hijo de Dios (cf. Jn 1). Su existencia queda transformada. Empieza a pensar y a actuar de modo totalmente nuevo.

Quienes lo rechazan podrán alcanzar buenas metas, incluso a veces llegan a ser “ejemplares” en muchos aspectos de la vida.

Pero tienen un vacío profundo, porque todos sus esfuerzos no son suficientes para permitir que el mundo se abra a una victoria definitiva frente a los grandes misterios del mal y de la muerte.

Solo con Cristo esos misterios encuentran una superación posible. Lo saben tantos millones de hombres y de mujeres que han dado el paso de la fe y han recibido una luz y una vida que nada ni nadie les puede arrebatar.

Cristo, Señor de la vida y de la historia, Amigo y Hermano universal, te pedimos que sigas presente en el camino humano, para que así cada día nuevos corazones puedan descubrirte y acogerte en su interior. De este modo podremos vivir como hermanos porque habremos recibido el don de ser hijos del mismo Padre. Amén.

 

Imagen de Arifur Rahman Tushar en Pixabay

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