Hay pocas posibilidades de que usted asista a una reunión informal sin que en ésta se produzca una diferencia de opiniones con respecto a la situación actual de México. Bueno sería que quedara en eso, en un debate. Pero, desgraciadamente, no es así: los mexicanos están enojados. Y enojados se enfrentan unos a los otros.
¿Cuál es la razón de tanto divisionismo? No tengo duda: la percepción de inseguridad aumenta día con día. De hecho, el INEGI ha publicado que 63 de cada 100 habitantes de este país se sienten inseguros al salir a la calle. Este dato bastaría para hacer saltar los botones de alarma en los tres niveles de gobierno. No es una cuestión inflada por los medios de comunicación: es lo que siente la gente.
Entiendo que el tema no es fácil de abordar. Por ejemplo, unos piensan que Trump debería venir con sus marines y arrasar con los capos de la droga. Otros dicen que esto sería una afrenta a la soberanía nacional. Y se preguntan, con justicia, ¿qué soberanía existe si 6 de cada 10 mexicanos (especialmente mujeres) temen dejar su refugio para encontrarse con los demás?
Existen soluciones probadas. Una de ellas se dio en Palermo, en la capital de Sicilia. Su alcalde la bautizó como “el resurgimiento”. La ciudad salió de las cenizas de la mafia. Y lo hizo impulsando dos acciones: legalidad y cultura. La cultura de la legalidad es lo que haría falta en México. No poner millones de policías, sino fomentar el conocimiento de las leyes (justas). Además, el saber bien la historia del país y del lugar en el que se vive. Los escolásticos decían que nada es querido si no es previamente conocido. Unamuno lo dijo al revés: nada es conocido si no es previamente querido. Ambos tenían razón.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 1 de febrero de 2026 No. 1595





