Por Rebeca Reynaud

Dios nos ha sacado de ese mundo gris, en que quizás estaríamos todavía, para llamarnos por nuestro Nombre, a una vocación divina de buscar la santidad en medio del mundo o fuera de él. La llamada a ser santo parte del Bautismo, luego se actualiza. Dios espera que le diga que quiero hacer su voluntad, también cuando haya que caminar a contrapelo. Es natural pensar en quien se ama.

“Las señales de Dios no suelen ser contundentes e irresistibles; se presentan más bien como una vocación que pone en juego la voluntad y, a menudo, conlleva una lucha interior de grandes dimensiones” (Luis Suárez Fernández, Los creadores de Europa, EUNSA, p. 16).

Louis Cardona enseña que, porque Dios nos ha llamado, somos vocación. Tenemos un sentido. Existimos porque tenemos sentido, porque hay Alguien que ha dicho: “Sin ti no quiero estar”. Este amor divino se manifiesta en el amor humano. Se percibe de modo intenso cuando se ama a una persona con amor exclusivo.

La vocación es un proceso de conversión que termina con la vida. Es un hecho personalísimo, es la cumbre del hecho religioso. La vocación es un don de Dios y hay que alimentarlo continuamente. El hombre es relación. Nunca hay que decir que sea tan fácil porque nos cargamos la acción de Dios.

Una hermana Misionera de la Caridad estudió medicina y, el día que se tituló estaba al borde de la muerte. Le preguntó a Madre Teresa que porqué Dios no le había permitido ejercer su profesión, Madre Teresa le contestó:

“Dios no quiere tus obras, te quiere a ti”.

Uno de los Hermanos Misioneros de la Caridad le dijo a la Madre Teresa de Calcuta:

-Mi vocación es cuidar a los leprosos.

-Está equivocado, Hermano –repuso ella-. Su vocación es pertenecer a Jesús. El trabajo que realice sólo será una manera de expresarle su amor; lo de menos es lo que haga.

Cuando hay verdadero amor y gracia de Dios hay felicidad. El celibato es don de Dios, por eso hay que estar abiertos a un discernimiento. No es mejor ni peor. Lo mejor es lo que Dios le pide a cada uno. El matrimonio es más difícil que el celibato. Jesucristo y la virgen son célibes. Dios ha querido tener una Madre, y eso es un milagro, Virgen y Madre. También es un modo de identificación con Cristo muy especial. También la casada puede y debe identificarse con Cristo.
Tenemos la capacidad de atarnos a cosas que no valen la pena. Porque pueden cerrarnos un poco la capacidad espiritual, y eso nos lleva a que falte la sobriedad de corazón. A veces, se está muy apegado a la propia comodidad. Se busca entonces la comodidad que los demás representan para cada uno. El corazón humano es complejo. Porque entonces no se sirve, sino que no se está amando a los demás sino a uno mismo. El modo de vivir depende de las circunstancias de cada uno. Criterio de sinceridad con uno mismo. Pensar ¿Esto realmente me hace falta o es un capricho? Es fundamental la sinceridad con uno mismo y pedir consejo a alguien que nos conoce y quiere.

La formación fundamental la da la familia. La familia depende mucho de la formación de la madre. La educación es amistad. Que las madres y los padres seáis amigos y amigas entre sí. La educación no es solamente normas sino sobre todo amistad. Y la amistad no solamente con palabras sino con el cariño y detalles. Todo es cuestión de fe. Dice San Juan Crisóstomo: en las cosas adversas, los infieles maldicen, los cristianos dan gracias.

 
Imagen de Renáta Adrienn Uri en Pixabay


 

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