Por P. Fernando Pascual
Nos detenemos unos instantes para analizar cómo invertimos nuestro tiempo a lo largo del día y de la semana. Hay actividades fijas casi ineliminables. Otras dependen de nuestras elecciones más o menos conscientes.
Son ineliminables las horas dedicadas al sueño o a la comida. Son casi ineliminables las horas en las que tenemos que trabajar según lo estipulado en un contrato.
En cambio, otras “partidas” de tiempo dependen de lo que decidimos: minutos u horas para la televisión, para las redes sociales, para escribir, para leer, para estudiar, para jugar, para dialogar con amigos, para excursiones.
Analizar nuestras inversiones de tiempo nos desvela cuáles son nuestros intereses, nuestros deseos, nuestras costumbres. Incluso nos descubre aspectos íntimos de nuestro corazón.
Porque las inversiones de tiempo dependen, en pocas palabras, de lo que amamos, de la orientación fundamental que damos a nuestra vida. Quien ha escogido, como meta básica, su propio bienestar, invertirá su tiempo de un modo. Quien ha optado por dedicarse a otros (familiares, amigos, personas encontradas a lo largo del camino) invertirá su tiempo de una manera diferente.
¿Cuáles son las inversiones de nuestro tiempo? Si excluimos lo “obligatorio” e irrenunciable, tendremos una idea más clara de aquello que constituye el núcleo interior de nuestros amores.
Sería triste que el centro de mis inversiones fuera mi egoísmo, mi gusto, mi ambición, mi pecado. Sería hermoso que mis inversiones girasen en torno al amor a Dios y a los demás, en torno a la búsqueda de la verdad, la justicia y la belleza.
Me detengo un momento para empezar un buen examen sobre el uso de mi tiempo. Con una tabla, o un programa electrónico, anoto los minutos que dedico a cada actividad durante la jornada.
Luego, al ver los resultados, tendré una idea más clara de aquello que amo. Entonces podré corregir deseos que me impulsan a acciones que no me llevan a un buen uso del tiempo, y promoveré deseos y amores que me permitan invertir ese gran tesoro del tiempo en lo único que vale la pena: lo que hago por amor y para amar.





