Por P. Fernando Pascual
La vida humana es vulnerable. Un accidente, una enfermedad, una agresión, pueden herirla, hasta llevar a las personas a un proceso irreversible hacia la muerte.
Frente a la vulnerabilidad humana, la medicina surge con una vocación maravillosa: cuidar y acompañar a cada enfermo en las diversas etapas de su existencia.
Cuidar no resulta fácil, pero siempre es algo que interpela al médico y a las demás personas que están junto al enfermo. El desarrollo científico y médico permite ofrecer un gran número de acciones terapéuticas, si bien en ocasiones resulta difícil llevarlas a la práctica ante cada situación concreta e irrepetible.
Por ello, resulta de especial belleza ofrecer cuidado a cada enfermo, en el deseo de acompañarlo en su vulnerabilidad. Así lo explica un documento publicado en 2020 por la Congregación para la Doctrina de la fe, titulado Samaritanus bonus (“sobre el cuidado de las personas en las fases críticas y terminales de la vida”). En la sección I de este documento leemos lo siguiente:
“La experiencia del cuidado médico parte de aquella condición humana, marcada por la finitud y el límite, que es la vulnerabilidad. En relación a la persona, esta se inscribe en la fragilidad de nuestro ser juntos cuerpo, material y temporalmente finito, y alma, deseo de infinito y destinada a la eternidad. Nuestro ser criaturas finitas, y también destinadas a la eternidad, revela tanto nuestra dependencia de los bienes materiales y de la ayuda recíproca de los hombres, como nuestra relación originaria y profunda con Dios. Esta vulnerabilidad da fundamento a la ética del cuidado, de manera particular en el ámbito de la medicina, entendida como solicitud, premura, coparticipación y responsabilidad hacia las mujeres y hombres que se nos han confiado porque están necesitados de atención física y espiritual”.
El cuidado al enfermo surge desde una actitud de respeto y cercanía, de amor auténticamente humano y cristiano. A la vez, surge desde las exigencias de la justicia, que ordena acercarse a cada ser humano en sus momentos de mayor vulnerabilidad. Así lo explica el documento antes citado:
“De manera específica, la relación de cuidado revela un principio de justicia, en su doble dimensión de promoción de la vida humana (suum cuique tribuere) y de no hacer daño a la persona (alterum non laedere): es el mismo principio que Jesús transforma en la regla de oro positiva «todo lo que deseéis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos» (Mt 7,12). Es la regla que, en la ética médica tradicional, encuentra un eco en el aforismo primum non nocere”.
La medicina desvela, así, su naturaleza intrínseca: ayudar al enfermo, acompañarlo incluso cuando ya no resulta posible curar o cuando se acerca el momento del desenlace de la muerte. Seguimos con el texto de Samaritanus bonus:
“El cuidado de la vida es, por tanto, la primera responsabilidad que el médico experimenta en el encuentro con el enfermo. Esta no puede reducirse a la capacidad de curar al enfermo, siendo su horizonte antropológico y moral más amplio: también cuando la curación es imposible o improbable, el acompañamiento médico y de enfermería (el cuidado de las funciones esenciales del cuerpo), psicológico y espiritual, es un deber ineludible, porque lo contrario constituiría un abandono inhumano del enfermo. La medicina, de hecho, que se sirve de muchas ciencias, posee también una importante dimensión de arte terapéutica que implica una relación estrecha entre el paciente, los agentes sanitarios, familiares y miembros de las varias comunidades de pertenencia del enfermo: arte terapéutica, actos clínicos y cuidado están inseparablemente unidos en la práctica médica, sobre todo en las fases críticas y terminales de la vida”.
La belleza del cuidado a cada enfermo, también en las fases terminales, permite ofrecer, a quienes sufren, lo que tanto desean como seres humanos en los momentos de mayor vulnerabilidad: asistencia, ayudas eficaces y, sobre todo, ese amor que es uno de los mejores bálsamos en cualquier situación difícil de nuestra existencia terrena.
Imagen de fernando zhiminaicela en Pixabay





