Por Arturo Zárate Ruiz

El lunes pasado celebramos el Día de la Presentación del Señor, o de Nuestra Señora de la Luz, o, como solemos decir, de La Candelaria. Es una fiesta en que reboza la espiritualidad católica, la cual, por cierto, no se reduce a lo meramente espiritual, como ocurre con la mayoría de los protestantes. Si ya nuestras iglesias sobrepujan con imágenes de escenas bíblicas pues, como predijo Jesús, las mismas piedras, las de nuestros templos, hablan y proclaman la grandeza del Señor; si ya tapizamos nuestras casas con retratos de santos, ¿por qué sorprenderme por la procesión de fieles que llegaron no con una vela, sino con muchas —como para iluminar toda una catedral—, no con una estatuilla, sino con montón de niños dioses para que el sacerdote los bendiga? Según me pareció, una señora los llevaba no dentro de una carriola, sino dentro de un carro de supermercado, de los grandes que se usan en Sam’s para cargar allí el refrigerador nuevo. Y digo que no me sorprendió porque, entre otras razones, una compañera de trabajo tiene tres o cuatro niños dioses en cada habitación de su casa. Y no se le puede acusar de profesar una fe infantil, iletrada, como algunos libre-pensadores nos pintan, pues ella es doctorada del COLMEX.

No ser nosotros, los católicos, meramente “espirituales” lo pintó muy bien la serie de Los Simpson. Tal vez mero estereotipo, Marge, una protestante, vive siempre preocupada e intenta encontrar la paz jugando, háganme favor, al croquet. Homero, un católico, bebe cerveza, le gustan los mariachis, es más, ni se percata de dejar caer en el drenaje una barra radiactiva que vuelve mutantes de tres ojos a las tilapias del cercano lago.

No quiere decir esto que los católicos seamos unos bobos. Más bien sabemos disfrutar mejor la vida tras dejar de dudar de la bondad de Dios para con nosotros. No es que ignoremos que hayamos pecado, o, peor aún, que nuestras faltas no nos importen. Más bien sucede que, tras confesarlas, tenemos la completa certidumbre de que nos quedan súper perdonadas y que, con la ayuda de Dios, nos convertiremos y haremos el bien.

He allí que disfrutamos de la vida sobre todo porque no acostumbramos ver pecado donde no lo hay. De ningún modo, como los puritanos, nos espanta pillarnos contemplando con admiración la sonrisa de una muchacha (de inquietarnos por ello, el sacerdote nos recomendaría salir del confesionario e ir corriendo con el psiquiatra). Y ciertamente no nos asustan los bailes, los banquetes y las fiestas. Los gozamos.

De hecho, cuando vamos a misa, no asistimos a un mero servicio religioso. Asistimos al gran banquete del Señor, la más grande de todas las fiestas. Por supuesto, procuramos portarnos según la ocasión. Como dicen que dijo santa Teresa la Grande, “Cuando perdices, perdices, y cuando mortificación, mortificación”. En Cuaresma no nos ahorramos ningún golpe de pecho.

En cualquier caso, nuestra actitud gozosa hacia la vida sigue allí, y por ella, la cultura católica es muy rica.

No niego que en los países protestantes abunde la música y las letras, pero en los católicos también el color, las formas, el mismo ruido, los cuales nos recuerdan que hay niños y enamorados cerca. ¡En nuestras mesas abunda la comida exquisita! Y todo esto no ocurre porque en los países del Sur, por ejemplo, la Europa católica, haya más Sol. Es porque no ha prosperado en nuestras tierras el individualismo ramplón, un individualismo que aniquila familias y el sentido de comunidad. Uno que aniquila la mismas “iglesias”, pues cada sujeto, por no tolerar (o más bien no aprender a gozar) el vivir con otros, acaba abrazando una “fe” muy suya, de nadie más. Cada cual funda su iglesita. Y acaba no abandonado en la soledad, también, digámoslo, comiendo no guajolote en mole con muchos en su casa, sino hot dogs fríos y rancios mientras todavía trabaja (¡atiza!, la ética del trabajo, según Weber, de los protestantes) en un rinconcito de su oficina.

La fe católica no sólo es verdadera. Es además vínculo que nos une como Pueblo de Dios. Es la fuente de nuestra esperanza. Es llama que aviva nuestro amor.

Que esa llama no la escondamos bajo la mesa, sino que la alcemos en un candelabro para que muchos conozcan la bondad de Dios.

 
Imagen de Валентина Георгиева en Pixabay


 

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