Redacción

En el marco del Año Jubilar por el Centenario de los Mártires Duranguenses, la Arquidiócesis de Durango ha rescatado la memoria histórica de uno de sus pastores más emblemáticos: Monseñor José María González y Valencia. El actual arzobispo, Mons. Faustino Armendáriz Jiménez, destacó la figura de su antecesor como un pilar de valentía y resistencia frente a la persecución religiosa de 1926.

El ascenso en tiempos de incertidumbre

José María González y Valencia no fue un extraño para la comunidad duranguense. Tras servir como obispo auxiliar desde 1922, tomó posesión como arzobispo residencial el 24 de marzo de 1924. Su llegada coincidió con un México convulso, donde el gobierno del presidente Plutarco Elías Calles consolidaba un proyecto de nación que buscaba reducir la influencia de la Iglesia Católica al ámbito estrictamente privado.

Apenas dos años después de su toma de posesión, el panorama se tornó sombrío. En julio de 1926, se decretó la conocida “Ley Calles”, un conjunto de disposiciones legales que buscaban regular estrictamente el culto religioso, limitando las actividades de la Iglesia Católica. Entre sus medidas se encontraban la prohibición del culto, la restricción en el número de sacerdotes, la clausura de escuelas católicas y la prohibición de sacerdotes extranjeros, lo que desató una fuerte oposición y la posterior persecución religiosa (1926-1929).

Chalchihuites: El inicio del sacrificio

La arquidiócesis de Durango, que comprende territorios tanto de Durango como de Zacatecas, fue testigo de las primeras agresiones. Mons. González y Valencia, conocedor de la geografía y las tensiones locales, había nombrado al Padre Luis Batís como párroco en Chalchihuites, Zacatecas, una zona donde la fe estaba profundamente arraigada.

Fue allí donde el martirio se hizo realidad. Ante la presión gubernamental, el Padre Batís y tres jóvenes laicos de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana (ACJM) —Manuel Morales, Salvador Lara y David Roldán— fueron arrestados. La historia relata que, en una reunión previa, el Padre Batís expresó su deseo de morir por Cristo, a lo que sus acompañantes respondieron con la misma determinación. Estos hombres fueron considerados rebeldes y les quitaron la vida en lo que hoy el pueblo venera como el “Lugar Santo”. Para González y Valencia, estas pérdidas no fueron solo cifras, sino el testimonio vivo de una Iglesia que no estaba dispuesta a claudicar.

Un embajador de la fe ante el Vaticano

Dada su preparación y su firmeza de carácter, Mons. González y Valencia fue elegido para presidir la comisión de obispos mexicanos que viajaría a Roma. Su misión era informar al Papa Pío XI sobre la “Iglesia sufriente” en México.

En el Vaticano, el arzobispo duranguense encontró un aliado en el Pontífice. Documentos de la época, como Apuntes para la Historia de la Persecución Religiosa en Durango de 1926 a 1929, citados por el historiador José Ignacio Gallegos C., relatan cómo el Papa se conmovió al escuchar las historias de los mártires de Chalchihuites: “al oír la historia de nuestra lucha, le hemos mirado bendecir vuestra admirable resistencia, aprobar vuestros actos y admirar todos vuestros heroísmos. Le hemos mirado recoger con lágrimas en los ojos las lágrimas de nuestros mártires”.

Desde Roma, González y Valencia no dejó de pastorear. A través de sus Cartas Pastorales, enviaba mensajes de consuelo que llegaban a los rincones más remotos de la sierra duranguense.

La legitimación del derecho a la defensa

Uno de los puntos más polémicos y valientes de su ministerio fue su posicionamiento respecto al levantamiento armado. Mientras otros sectores buscaban la conciliación a cualquier precio, González y Valencia, tras consultar con teólogos en Roma y reflexionar profundamente, emitió un juicio que dio paz a la conciencia de miles de combatientes:

“nunca provocamos este movimiento armado. Pero una vez que, agotados los medios pacíficos, ese movimiento existe, a Nuestros hijos católicos que anden levantados en armas por la defensa de sus derechos sociales y religiosos, después de haberlo pensado largamente ante Dios, y de haber consultado a los teólogos más sabios de la ciudad de Roma, debemos decirles: estar tranquilos en vuestras conciencias y recibís nuestras bendiciones…”

Con estas palabras, el arzobispo reconoció que el “coraje cristero” era una respuesta legítima ante la injusticia, un intento de los pueblos por “rescatar a Dios” de los sagrarios que el gobierno pretendía mantener cerrados.

Legado y vigencia

Mons. José María González y Valencia gobernó la Arquidiócesis hasta su muerte en 1959, atravesando no solo la guerra, sino la etapa de reconstrucción de las instituciones eclesiales en Durango. Su vida es un compendio de fidelidad: desde su solidaridad con obispos perseguidos, como el de Huejutla, hasta su cercanía con el laicado más humilde.

Hoy, Mons. Faustino Armendáriz exhorta a los fieles a sumergirse en la bibliografía de esta época para emitir juicios objetivos. “La historia se puede repetir, no lo sabemos”, advierte el actual arzobispo, “pero tenemos la certeza de que Dios guía y sostiene a su Iglesia”.

El ejemplo de González y Valencia permanece como un faro para los sacerdotes y laicos de Durango, recordándoles que, incluso en medio del “mar de odio”, la caridad y la valentía de un pastor pueden preservar la esperanza de todo un pueblo.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 1 de febrero de 2026 No. 1595

 


 

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