Por P. Joaquín Antonio Peñalosa

En la casa donde pasó tantos años reflexionando Descartes, padre de la filosofía moderna, hoy funciona un manicomio, con lo que el recinto pasó de la razón a la sinrazón, de la realidad al sueño. Los hombres de hoy emprendemos el viaje al contrario, según estamos pasando del ideal y de la utopía a un realismo funcional y práctico.

Nunca como ahora hemos asistido a una conversación del hombre a cuanto sea realista, visible, tangible, audible. Lo demás es fantasía y los sueños, sueños son. Señales de esta actitud son las rectificaciones que introdujo el socialismo de acuerdo a las necesidades económicas y políticas del momento —porque o soñaba o no sobrevivía—; el materialismo de los países desarrollados cuya vida gira en torno del mercado y del banco, sin rendijas a la utopía; y la ausencia de profetas que todavía hace poco nos hablaban de esperanza y de una tierra nueva, pero su voz se ha enfriado y su raza parece estar en extinción.

Ha pasado el tiempo de fijar los ojos en las estrellas para poner los pies en la tierra. Importa ser realistas y, por lo tanto, relegar las ideologías y las mismas convicciones —siempre un poco utópicas— en la bodega de las cosas inútiles. Es la hora y el triunfo del pragmatismo.

El pragmatismo fue, y sigue siendo, un método divulgado principalmente por el psicólogo estadounidense William James (1842-1910), según el cual, el último criterio válido para juzgar la verdad de toda doctrina científica, moral o religiosa se ha de fundar es aspectos prácticos. Afuera las teorías, las ilusiones, el sueño de recobrar el paraíso; lo que importa es el realismo en la vida política, económica y social. Si esto es práctico vale y se hace; si es impráctico, se desecha.

Es comprensible que los socialistas, al hacerse cargo del poder, se hayan visto precisados a desmontar sus antiguos esquemas para fomentar la economía que se había congelado en ideales irrealizables. Es comprensible que los hombres desconfíen de un profetismo irresponsable y etéreo. Es comprensible que economía y política se adecúen a las necesidades y posibilidades de cada pueblo y de cada coyuntura histórica. Es comprensible, en fin, que el idealismo pueda convertirse en ingenuidad irrealizable que engendre el desencanto. Pero…

Pero un pragmatismo radical nos ha dejado sin unas gotas de idealidad, sin el impulso del entusiasmo para movilizarnos en colaborar a la consecución de un porvenir más justo y bonacible. Hombres y pueblos necesitamos una meta que nos ilusione, un ideal un tanto utópico que nos estimule al afán de superarse, siempre más y siempre mejor, para enrostrar con alegría los sacrificios y el trabajo que todo desarrollo exige inevitablemente. Sin ideales se cae en un conservadurismo inactivo, en un materialismo alienante, en un estéril conformismo, en un chato pragmatismo donde solo cuenta, al fin, el éxito del dinero.

Los pies en la tierra, sí. Pero los ojos en las estrellas.

Artículo publicado en El Sol de México, 22 de agosto de 1991; El Sol de San Luis, 31 de agosto de 1991. Monseñor Peñalosa publicó, entre otros muchos libros Cien mexicanos y Dios.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 1 de febrero de 2026 No. 1595

 


 

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