Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.

Así como el ciego de nacimiento recorre un camino de las tinieblas de sus ojos muertos a la vida de ver con ojos nuevos, cuando es curado de sus limitaciones en el proceso de ver hasta el inicio de su fe en reconocer a Jesús, no solo como ‘un Profeta’, sino como el mismo Señor Mesías, es el camino que recorremos: el Hombre de nombre Jesús, el Profeta extraordinario cuya enseñanza es sublime, hasta que Jesús nos busca y provoca el encuentro de la fe en nosotros: ‘Creo Señor’( cf Jn 9, 1-41).

Este es el proceso del bautismo: el agua y el Espíritu, la luz de Cristo que nos ilumina, y la nueva vida en Jesús el Señor adquirida como primera resurrección.

Nuestro contexto contemporáneo parece un destino a vivir en tinieblas, aun existiendo tantas ciencias y tecnologías que cambian de hecho nuestro entorno y, por tanto, nuestras circunstancias, en donde descubrimos ciertamente la grandeza pero nuestra obvia fragilidad (cf CTI, ‘Quo Vadis Humanitas’, 1).

Es insano considerarse los neofariseos de saberlo todo y de pretender imponer la pseudoverdad como sistema ideológico de religión autocrática, o de sistemas ateos o sistemas laicistas en los cuales campea la soberbia del egocentrismo.

Es Jesús, sincero y humilde, firme y soberano en su misión de enviado del Padre quien nos hace pasar de la luz de los ojos, a la luz de la fe. Es el Testigo de la Verdad; es la Luz del mundo, quien no necesita fanáticos, sino creyentes humildes y sinceros que admitan la luz de su presencia en el propio corazón, para ser en él no teóricos, sino testigos de él, atentos y sensibles al sufrimiento de nuestros hermanos, los humanos.

Quizá se busque racionalmente aclararlo todo, para tener certeza y seguridad; pero aunque es un paso previo y necesario, -los preambula fidei de santo Tomas-, no bastan; es necesario aceptar el misterio de su persona que nos sumerge en su ser de Luz. Él nos hace entender y discernir lo esencial de nuestra identidad como hijos de Dios en gran apertura a lo grande, a lo noble, lo verdadero, lo bueno y lo bello.

La gran paradoja de la misión de Jesús, es que él ha venido a este mundo para los que no ven, vean; los que ven, se queden ciegos.

Si reconocemos que no podemos ver, con humildad, pobreza y sencillez, estamos en posibilidad de acoger el Evangelio de la Luz y de la Vida, para iniciar ese camino de la Verdad, cuyo vértice es lo humano con dimensión de santidad.

 
Imagen de Gerd Altmann en Pixabay


 

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