Por P. Joaquín Antonio Peñalosa
Cada día, en carreteras, calles y avenidas, van en aumento los muertos y heridos por vehículo. Especialmente sangrientos en el sentido literal de la palabra, son los fines de semana, los puentes y las vacaciones. La familia entera salió feliz de casa a descansar, unas cuantas horas después regresaron seis ataúdes.
El sentido ético debe llevarnos a la necesidad de ajustarnos a unas normas que encaucen el comportamiento propio y ajeno. El hombre social, el hombre comunitario que somos, ha de someterse a un catálogo de normas que regulen nuestra vida en comunidad y establezcan un mejor sistema de convivencia y de armonía.
Yo no debo manejar por la avenida saltándome los altos a capricho, ni correr desesperadamente porque me encanta la velocidad, porque tengo prisa, porque nadie me vigila. Es la ética la que me obliga a actuar no como individuo aislado de la sociedad y desconectado de los demás -los que van a pie y los que van en vehículo-, sino como parte de una comunidad en la que convivimos con deberes y derechos. Y el primer derecho del conductor consiste en cuidar la vida propia y la ajena.
Tres son los factores que, al intervenir en el comportamiento de la circulación, afectan a la comunidad y a la convivencia humana.
Primero es el vehículo seguro, sin descomposturas serias y peligrosas, de las que debe percatarse a tiempo el conductor. El automóvil, como cualquier individuo, necesita el chequeo periódico y, antes del viaje, auscultarle los latidos y tomarle la presión.
La segunda exigencia es el conductor, que puede ser chofer o choferesa. (Este femenino, bien conformado, lo encontré en Camilo José Cela, premio Nobel de Literatura). No tienen fuero para andar en cuatro patas de hule ni el príncipe todopoderoso, ni el junior engreído, ni el alcohólico suicida, ni el colérico obnubilado. Una tonta discusión entre conductores desenfunda pistolas. Cuidado con los conductores que se creen reyes del asfalto, voladores de vértigo, los que vomitan palabras ácidas y claxonazos irrespetuosos, los que no ayudan al conductor que se quedó parado a medio camino, los que no obedecen las leyes de tránsito, provocan molestias, avasallan, insultan, conculcan derechos ajenos. Letrero leído frente a la escuela de un pueblo: “Señor conductor, aquí no nos sobran niños”.
El tercer factor de una ética circulatoria queda en manos de las autoridades de tránsito quienes deben velar por que el conductor viaje sin riesgos ni molestias. De ahí la urgencia de anunciar anticipadamente los peligros que el viajero va a encontrarse, así como la colocación de semáforos, avisos, flechas y nombres necesarios. Va de por medio la comodidad y la seguridad de millones de compatriotas que cada día invaden carreteras, calles y avenidas como un río sin fin.
Oportunísimo el aviso en una desbordada carretera que confluye a Roma: Chi va piano, va sano e va lontano. Choferes y choferesas, quien viaja despacio, va con salud y llega lejos.
Artículo publicado en El Sol de San Luis, 30 de noviembre de 1991.
El autor fue sacerdote en San Luis Potosí y uno de los pensadores católicos más importantes de México en el siglo XX.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 22 de febrero de 2026 No. 1598





