Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.
Hemos experimentado el dolor ante la muerte de seres queridos y entrañables, como nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros amigos.
Recientemente, hemos vivido en Querétaro, la conmoción profunda, lamentable y dolorosa del Padre Benjamín Vega, -gran compositor de música litúrgica, del Lic. Miguel Servín del Bosque, – defensor incansable de la vida del nonato y del Padre Antonio Abós Ara, quien nos conquistó con su ministerio sacerdotal, su palabra ungida y elocuente, de hermano cercano y amigo.
Su recuerdo anuda nuestra garganta por el corazón traspasado y nos hace brotar espontáneas, las lágrimas del cariño y de la amistad sin fisuras.
Jesús Nuestro Señor, tan divino y tan humano, también se conmocionó ante la muerte de su gran amigo, Lázaro (cf Jn 11, 1-45), quien ya llevaba cuatro días de estar en el sepulcro. Nadie puede devolver la vida. Nosotros reconocemos nuestra impotencia ante la muerte, a pesar de los grandes logros científicos y tecnológicos. Incluso por el poder y el territorio, los grandes de este mundo ponen a la humanidad bajo el signo de la muerte por sus armas de exterminio masivas.
Ante estas situaciones de dolor y de muerte, están esas palabras de Jesús ‘Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá. ¿Crees tú esto?
En él, encontramos la esperanza cierta y segura de la vida después de esta vida.
Ciertamente, tenemos la conciencia de nuestra propia fragilidad, pero se anida en nuestro corazón el deseo de vivir, ‘de muero porque no muero’, de Santa Teresa de Jesús.
Tengamos siempre presente que nuestra fe es adhesión plena a Cristo muerto y a Cristo resucitado; nuestra fe cristiana y católica, no es una moral, aunque necesariamente implique la moral suprema de la ley de Cristo, de amar como él ha amado; no es tampoco una teoría, aunque se llenen bibliotecas de los Padres griegos y latinos, de grandes sabios, teólogos y santos, del Magisterio y de la Tradición de la Iglesia por el misterio de Cristo y todo lo que implica de verdad y de analogía de la fe y de jerarquía de verdades.
Cristo Jesús es más fuerte que la misma muerte. Por eso resucita a su amigo Lázaro. Él mismo es la resurrección y la vida.
Es necesario ya desde ahora resucitar del corazón con una vida de resucitados que se inició el día de nuestro bautismo.
Muchas veces no sabemos vivir con nuestros difuntos, acostumbrados a su presencia física, a sus palabras, a sus gestos, a su afecto; quizá no sepamos cómo relacionarnos con ellos. Como decía Rahner, ‘hay que saber vivir con nuestros difuntos’; por la comunión de los santos, si participamos del ser divino por la gracia, por nuestra amistad y amor a Dios. Ahora en Dios nos aman más y nos acompañan. Es verdad que nuestros difuntos, seres queridos y entrañables no viven con su presencia física entre nosotros. Pero no han desaparecido en la nada, del no ser y de la no existencia. Viven en Dios y cerca de nosotros.
Más allá de la razón, Jesús sostiene nuestra fe: ‘Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá. ¿Crees tú esto?’.
Imagen de Arnie Bragg en Pixabay





