Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.
La vida anodina, sometida a la subcultura de la intrascendencia, esclava del aquí y del ahora, víctima de la digitalización extrema, no acierta a tocar el misterio de la vida.
Se corre el peligro de robotización de funciones sin la calidez del amor y de la ternura, lejos del misterio divino que nos sumerge en el sentido radical del misterio humano.
La angustia existencial emerge ante los embates de la enfermedad, del desamor, del fracaso o de la muerte de un ser querido y entrañable.
No se soporta el silencio de Dios que se torna amenazador, o de un Dios lejano y olvidado de las graves experiencias de sufrimiento.
No se piensa con sencillez y humildad que el silencio de Dios es previo a la gran liberación, como la liberación de Israel ante la opresión de los egipcios; o cuando Abrahán recibe el mandato divino de sacrificar a su hijo Isaac es liberado del mandato y confirmado como Padre de multitud de pueblos; o cuando Jesús suda sangre y ora a su Padre para verse liberado de la Cruz en Getsemaní, del rechazo, la pasión y de la muerte; pero el Padre lo escucha y le concede la resurrección como principio de la Nueva Humanidad.
La Trasfiguración del Señor en el Monte Tabor, es misterio que revela la vedad de su ser, su filiación respecto del Padre, Dios como él y anticipa su pasión, su muerte y su resurrección, es decir, su misterio pascual, -peshaj, el paso doloroso y su culmen glorioso.
Manifiesta su gloria, como Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad, a Pedro, Santiago y Juan, para afrontar el escándalo de la Cruz, tan doloroso y de gran desconcierto.
La voz del Padre llega hasta nosotros:
‘Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo’ (Mt 17, 1-9).
Para encontrar el sentido de la vida y para entrar en la vida eterna, -ya hora y después del tiempo, es necesario escuchar a Jesús en la interioridad del corazón, el núcleo vivo, sensible y consciente de la identidad personal y seguirlo en el camino de la cruz.
‘La Transfiguración nos concede una visión anticipada de la gloriosa venida de Cristo “el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo” (Fil 3,21). Pero ella nos recuerda también que “es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios’ (Hch 14, 22). (Cat de la Ig Cat 556).
Ante el miedo del misterio ‘tremens’ de la nube,-gloria, kabot de Dios, Jesús les dice, y en ellos a nosotros ‘levántense, no tengan miedo’.
La contemplación oracional de los misterios divinos de Jesús, no impide en su momento el servicio a los hermanos y crear el hogar del corazón para los hermanos, los humanos.
Nuestro bautismo inicia en nosotros la resurrección; desde éste se han de transfigurar anticipadamente las relaciones interpersonales de los hijos de Dios de cara a la comunión de los santos.





