Editorial

Las sobrecogedoras imágenes tras la captura de “El Mencho” han recorrido el mundo. Triste, muy triste representación de México. Como en uno de los cuentos de Juan Rulfo —cómo necesitamos releerlo— los ciudadanos nos encontramos a merced de los sicarios y rogándole al gobierno: “¡Diles que no me maten!”

Qué país es este que hemos construido. Qué insospechada impericia (por no decir corrupción) de nuestros gobernantes para llegar a estos límites de guerra civil. Qué terrible condición de dejadez y flojera, de abulia y sinsentido de los mexicanos que hemos dejado crecer a los criminales “con tal de que no hagan olas en mi ciudad”.

La pregunta es: ¿qué sigue? Ya abatieron a “El Mencho”; “El Chapo” está en la cárcel de máxima seguridad de Estados Unidos; “El Mayo” se encuentra encarcelado esperando la misma sentencia que “El Chapo”. ¿Será con estas detenciones y muertes como el país va a tener paz? Por supuesto que no. De un mando salen muchos substitutos. Todos con la misma capacidad de violencia. Y con ánimo renovado de venganza.

Debemos ser claros: la lucha no es de policías contra ladrones. La lucha por la paz comienza en la familia. Hacernos responsables de lo que somos, de lo que hemos traído al mundo. De nuestro barrio, de la ciudad. ¿Nosotros? Sí, nosotros, cada uno. Empezando por la cultura en las calles y en las plazas. Atendiendo a la ley, dejando de humillar al otro, respondiendo de manera conjunta ante la injusticia. La mafia en Sicilia fue vencida no a balazos, sino por la cultura de la legalidad.

Tres verbos fundamentales: agradecer, pedir perdón, pedir permiso. Si hacemos eso con los que nos rodean, las cosas en México iniciarán el cambio. Ser auténticos en lo que hacemos y decimos. No es tan difícil. Como dejó dicho el escritor Joseph Roth: “En cuanto comenzamos a fabricar materiales sin valor objetivo que tienen el aspecto de tenerlo, ¿hacia dónde vamos?” Respuesta: a ningún lado.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 1 de marzo de 2026 No. 1599

 


 

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