Por Sergio Ibarra
Los hechos sucedidos el pasado 22 de febrero, derivados de la captura del líder del mayor cártel del crimen organizado, dejaron en evidencia sus capacidades y la cantidad de sus militantes al hacerse notar en 20 estados de la República. Desaparecido su líder: ¿cuáles serán las consecuencias?
El narcotráfico no nació de un día para otro; fue producto de un proceso paulatino iniciado en la década de los años sesenta del siglo pasado. El fenómeno psicosocial que detonó el consumo de drogas ilegales fue la guerra de Vietnam. Jóvenes civiles estadounidenses enfrentaron situaciones traumáticas: habiendo crecido en la década del American Dream, de pronto estaban metidos en una jungla a miles de kilómetros de su país, combatiendo y enfrentando a un enemigo que sí conocía el terreno de batalla: el ejército y la sociedad vietnamita.
Las drogas ilegales ya estaban disponibles en Vietnam desde antes de la llegada de las tropas de combate estadounidenses. Durante la guerra, los militares distribuyeron metanfetaminas a los soldados que cumplían misiones de reconocimiento de largo alcance para evitar que se durmieran. La droga más utilizada fue la marihuana, que crecía de forma silvestre en el campo vietnamita. Aprovechando la creciente demanda, comerciantes locales la vendían en paquetes de cigarrillos Parker Lane y Kent. Estos eran comprados por 400 piastras vietnamitas o 1.50 dólares, un precio inaudito para los estándares estadounidenses de aquel tiempo.
La adicción adquirida por miles de soldados norteamericanos —que en realidad eran civiles que al regresar se convirtieron en desadaptados sociales— generó un efecto exponencial en el resto de la sociedad. Miles de jóvenes que, no habiendo combatido en Vietnam, se solidarizaron con este núcleo de hombres y mujeres que fumaban marihuana, inhalaban heroína o se inyectaban LSD. Nacía un fenómeno social que al vecino del norte se le salió de control; con el paso del tiempo, se han convertido en la sociedad con el mayor consumo masivo de drogas ilegales.
En cinco décadas, el narcotráfico evolucionó hacia el comercio ilegal de armas, de personas y de dinero; a la sofisticación de las drogas comercializadas, así como a la penetración en las esferas de la justicia: desde alcaldías, gubernaturas y presidencias, hasta policías, fuerzas armadas, legisladores y jueces. Ya no sorprende escuchar el término “narcoestado”.
Es en este contexto que México se convirtió en el mayor distribuidor de drogas ilegales del mundo y, ahora, en fabricante; pero también en el país con los cárteles de la droga económicamente más poderosos, capaces de poner en jaque al Gobierno y a la sociedad.
Mientras los vecinos del norte continúen siendo una sociedad que tolera la drogadicción, habrá más “Chapos” o “Menchos”. El dilema es: ¿qué queremos las y los mexicanos?





