Por Prisciliano Hernández Chávez, CORC.
El primer pensador que utilizó la palabra humanismo,-‘humanismus’, fue Nietthamer (1808), aunque su contenido filosófico,-no el término, se puede encontrar en diversos filósofos, en Protágoras ‘el hombre la medida de todas las cosas’, como en Aristóteles por el ser del hombre, en Kant en cuanto que la persona no puede ser tomada como medio sino como fin… etc.
En nuestros días han proliferado los ‘humanismos’ que tratan de poner de relieve un ideal humano. Así podríamos hablar de humanismo cristiano, humanismo integral de Maritain en la perspectiva de la Encarnación, el humanismo socialista, humanismo liberal, humanismo existencialista, y otras muchas, como humanismo mexicano, demasiado limitado a cierta cultura prehispánica.
Para tener un discernimiento más ajustado a la realidad, -no al subjetivismo, sería necesario partir del concepto ontológico de la persona.
Muchos humanistas mutilan a la persona humana, ignorando su vocación divina, pues la dimensión de la persona, enmarcada en el tiempo, tiene una proyección de infinito.
El Dios de los cristianos, es el Dios de Jesús, quien revela el Amor inefable trinitario. Dios en esencia una y única poseída por las tres Personas, se autocomunican libre y esencialmente en ese dinamismo eterno de amor. Ellas en la unidad de la inhabitación recíproca de las tres en circulación profunda, fecunda e infinita (perijoresis) de la vida única de su amor eterno. (cf Bruno Forte, Trinidad como Historia). Cuando la persona responde con fe y amor, puede llegar a unirse con ellas según las características propias de cada una de ellas: por el Espíritu-Amor y por el Hijo-Sabiduría, en relación al Padre, principio sin principio, origen eterno del mismo Hijo con el Hijo y por el Hijo del Espíritu Santo, puede ser transformada divinamente, la persona humana. La alteridad,- de una en relación a la otra persona divina, y la comunión de los tres resplandecen en toda su plenitud en los acontecimiento de la Cruz y de la resurrección (cf ibidem).
Hans Urs von Balthasar, uno de los grandes y geniales teólogos del siglo XX, situó el misterio pascual en el centro de su trilogía teológica; las relaciones de las Personas divinas en la Pascua redentora del Hijo. La ‘kénosis’, -abajamiento, se da en ese abandono del Padre respecto del Hijo en la Cruz, vivido en la intimidad trinitaria. La Pascua, une gloria y cruz, revela que el don está en corazón mismo de Dios. Aquí aparece todo su misterio de amor.
La mística cristiana implica necesariamente la comunión con las tres divinas Personas en un proceso admirable, fruto de la gracia y de la disposición progresiva cada vez más plena de la persona humana.
Nos conviene tener presentes algunos testimonios elocuentes de místicos cristianos, ante nuestro contexto ‘mare magnum’ de opiniones con la lógica pérdida del sentido de la vida humana en su perspectiva de vocación divina.
Santa Catalina de Siena (1347-1380), Copatrona de Europa y Doctora de la Iglesia: “Contemplándote en Ti, vi que era imagen tuya, al hacerme partícipe del poder tuyo, Padre Eterno, y en mi inteligencia, de tu sabiduría que es propia de tu unigénito Hijo. El Espíritu Santo, que procede de Ti y de tu Hijo me ha dado la voluntad por la que tengo capacidad de amar: Tú, Trinidad Eterna, eres el hacedor y la hechura” (El Diálogo, BAC pág. 552).
Santa Teresa de Jesús (1515-1582),escritora, mística, Doctora de la Iglesia: “Esta presencia de las Tres Personas que dije al principio he traído hasta hoy… presentes en mi alma muy ordinario, y como yo estaba determinada a traer sólo a Jesucristo, siempre parece me hacía algún impedimento ver tres Personas -aunque entiendo es un solo Dios-… Parecióme se me representó como cuando una esponja se incorpora y embebe el agua, ansí (sic) me parecía mi alma que se henchía de aquella divinidad y por cierta manera en sí gozaba y tenía las tres Personas… que estaban y veía yo dentro de mi alma” (Relaciones XV, 1-4).
San Juan de la Cruz (1542-1591), místico, poeta, artista, Doctor de la Iglesia: “Y esta tal aspiración del Espíritu Santo en el alma, con que Dios la transforma en sí, le es a ella de tan subido y delicado y profundo deleite, que no hay que decirlo por lengua mortal, ni el entendimiento humano en cuanto tal puede alcanzar algo de ello… Y no hay que tener por imposible que el alma pueda una cosa tan alta, que el alma aspire en Dios como Dios aspira en ella por modo participado. Porque dado que Dios le haga merced de unirla en la Santísima Trinidad, en que el alma se hace deiforme y Dios por participación…” (Cántico Espiritual, 39).
Santa Isabel de la 31(1880-1906), religiosa y mística francesa, cuya experiencia lleva a las cumbres de la mística trinitaria: “Te dejo en herencia mi devoción a los Tres, al Amor. Vive con ellos en tu interior; en el cielo de tu alma. El Padre te cubrirá con su sombra interponiéndose como una nube entre ti y las cosas terrenas para conservarte suya. Te comunicará su poder para que le ames con un amor fuerte como la muerte. El Verbo imprimirá en tu alma, como un cristal, la imagen de su propia belleza para que seas pura con su pureza, luminosa con su luz. El Espíritu Santo te transformará en una lira misteriosa que, en silencio, al contacto divino, entonará un magnífico canto de Amor. Serás entonces, la Alabanza de su Gloria” (Epistolario, Carta 107 a su hermana Margarita).
La persona humana puede reflejar al Padre del Cielo, quien es el amor fontal; significa que la persona puede ser capaz de dar amor, principio de amor en el tiempo.
La persona puede revelar al Hijo, quien es el Amado del Padre; persona amada desde toda la eternidad; así necesita ser amado, necesita a los demás.
También la persona puede ser reflejo del Espíritu Santo. Es el Amor entre el Padre Amante y el Hijo Amado, es principio de unidad, amado, ama.
En la liturgia oramos al Padre por el Hijo, en el Espíritu Santo; así nos introducimos en el misterio trinitario.
Valoremos el misterio de Dios Uno y Trino, pues hemos sido bautizados, -sumergidos en su ser, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (cf Mt 28, 16-20).
El misterio trinitario, esclarece a cabalidad el misterio de la persona humana interpersona, llamada a vivir en la comunión humana y divina. Este propiamente es el humanismo cristiano.
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