Por P. Fernando Pascual

La idea de progreso tecnológico incluye un aspecto que la mayoría suele acoger con entusiasmo: las técnicas promueven mejoras en la vida de los individuos y de los pueblos, y tales mejoras merecen ser aplicadas y difundidas para el mayor número de personas.

Esa idea se relaciona con importantes deseos del hombre: controlar sabiamente la naturaleza, aumentar la producción de bienes básicos, satisfacer deseos que embellecen la vida, facilitar acciones cotidianas, abrir horizontes de nuevas actividades de diverso tipo (recreativas o culturales, por ejemplo).

Sin embargo, algunas conquistas técnicas presentadas como mejoras importantes incluyen cierto “veneno” escondido y consecuencias inicialmente no bien evaluadas. Pensemos simplemente en el amplio desarrollo de la industria del plástico y en los problemas que ha provocado.

Algo parecido podemos decir sobre nuevos aparatos electrónicos, como los dispositivos celulares que acompañan a miles de millones de seres humanos. Con esos móviles podemos hablar con otros, intercambiar información, acceder a imágenes, encontrar respuestas a preguntas de diverso tipo.

Esos aparatos han adquirido un mayor potencial gracias a la así llamada “inteligencia artificial” (IA), con una serie de opciones que permiten encontrar “respuestas” y “soluciones” a problemas de todo tipo: ¿qué luz usar en la habitación? ¿Qué pastillas tomar si inicia una alergia? ¿Dónde comprar camisas frescas y duraderas?

Quienes tienen un buen nivel de cultura y un sano espíritu crítico, pueden detectar fácilmente errores o imprecisiones en las respuestas que ofrecen ciertas plataformas o programas de IA. Pero existe el riesgo de que algunas respuestas engañen o desorienten a muchas personas.

Se podrían hacer otras muchas reflexiones, pero dos puntos resultan centrales ante las ambivalencias del progreso: no todo descubrimiento técnico es inocuo, y cualquier descubrimiento técnico puede ser usado para el bien o para el mal.

En cierto sentido, ese es uno de los mensajes que ofrece el Papa León XIV al publicar su primera encíclica, titulada Magnifica humanitas, firmada el 15 de mayo de 2026 y publicada el 25 de mayo de ese mismo año.

Entre las numerosas reflexiones del Papa, podemos simplemente recordar la alternativa en la que nos encontramos ante cada nueva conquista de la ciencia y de la técnica: o estamos ante “un progreso que sirve a la persona y a los pueblos”, o ante “un progreso que los doblega a lógicas de poder” (Magnifica humanitas, nn. 129-130).

El progreso es ambivalente. El criterio central para evitar usos dañinos de las conquistas técnicas y promover buenos usos de las mismas consiste en respetar la dignidad humana. Como explicaba León XIV en los primeros números de su encíclica, “tenemos el deber urgente de permanecer profundamente humanos, custodiando con amor esa magnífica humanidad que se nos ha dado y revelado en plenitud en Cristo, y que ninguna máquina podrá jamás sustituir en su esplendor” (Magnifica humanitas, n. 15).

 
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