Por Rubicela Muñiz

En el monasterio de María Inmaculada de la Salud, en Pátzcuaro, habita un inquilino muy especial desde hace 25 años. Se trata del achoque, una especie endémica de la región que, gracias al trabajo de conservación de las religiosas, hoy se reproduce en un entorno controlado que garantiza su permanencia en el ecosistema.

Las dominicas combinan esta importante labor con su vida monástica de oración y trabajo, así como con la misión que tienen de cuidar y mantener la imagen de María Inmaculada de la Salud, la cual se encuentra en el santuario ubicado a unos metros del convento.

“Estamos en el monasterio de María Inmaculada de la Salud. Somos actualmente 23 hermanas profesas y dos de votos temporales. Este monasterio se fundó en el año de 1747, a través de una señora llamada Josefa Antonia Gallegos. La Virgen le dijo que se fundara un monasterio de monjas y le indicó dónde lo quería: en la ciudad de Valladolid, que hoy conocemos como Morelia. En un inicio no le creyeron, pero después de varias insistencias, su petición fue aceptada por las autoridades eclesiales y se construyó el monasterio”, cuenta la hermana Rosa Cortés.

“Nos dedicamos especialmente a la vida de oración”, agrega, “pero a lo largo del día elaboramos jarabe de achoque, rompope, galletas y nos encargamos del cultivo del achoque, al cual tenemos en el acuario. Hay hermanas que se dedican especialmente a criar a este animalito y lo están protegiendo”.

El achoque o ajolote de Pátzcuaro (Ambystoma dumerilii) es una especie de anfibio caudado de la familia Ambystomatidae, orden Caudata. Es endémica del Estado de Michoacán, en donde su único hábitat existente es el lago de Pátzcuaro y en la laguna de Zacapu. Mide alrededor de 25 cm, incluyendo la cola.

Un santuario para el anfibio

Con el cuidado de las religiosas, unos trescientos achoques viven en acuarios a lo largo de un pasillo y dos habitaciones contiguas del convento. Parte de sus ingresos proviene de la venta del jarabe de achoque, considerado un auxiliar para las enfermedades respiratorias.

Pero lo más valioso de esta labor sigue siendo la conservación de la especie, debido a que cada vez es más difícil encontrarla en el lago de Pátzcuaro, afectado seriamente por el crecimiento poblacional. Entre menos ejemplares se encuentran en estado silvestre, menos saludables están los lagos.

Entre 1982 y 2010 el lago, de por sí poco profundo, perdió más de tres metros de su volumen debido a una disminución de las lluvias y al aumento de los sedimentos. Hay esfuerzos para rehabilitar Pátzcuaro, pero su éxito ha sido limitado.

Los achoques no son las únicas salamandras mexicanas en problemas. De las diecisiete especies que existen en México, doce aparecen en la Lista Roja de especies amenazadas de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).

“Estamos trabajando con esta especie que es endémica de aquí, del lago de Pátzcuaro, y que viene a menos por la contaminación del agua y porque se está secando debido al azolve. Hay muchos factores negativos y la especie está en peligro de extinción”, comenta la hermana Ofelia Morales, cuidadora principal de los achoques.

Explica que, desde hace 25 años, trabajan con el anfibio para rescatarlo y salvaguardarlo porque “si no lo hacemos en cautiverio, en la naturaleza puede desaparecer”.

Anteriormente, el achoque era parte de la alimentación de la ribera. La gente lo conocía muy bien; era capturado como cualquier pescado y se comercializaba en el mercado.

“Tiene muchas propiedades curativas. En sí, el anfibio tiene nutrientes y sirve como alimento. Antes la gente lo compraba para comer y como medicina natural porque combate la anemia y los padecimientos de las vías respiratorias. Es muy importante su rescate”.

Antes de tener la reserva, las hermanas dominicas ya elaboraban el jarabe. “Nosotras ya conocíamos esto porque las hermanas ya tienen tiempo elaborando el jarabe de achoque, especie que es la materia prima. El jarabe es como una medicina natural. La gente lo conoce y lo viene a buscar”.

«Es muy importante este animal, y a ustedes les toca salvar a esta especie porque su hábitat se está deteriorando y en un futuro quién sabe qué vaya a ser de él. Puede llegar a extinguirse y a ustedes les toca trabajar con él para salvarlo»

El origen de una misión inesperada

La idea de preservarlo nació cuando dentro de la orden había un doctor en biología. Cuenta la hermana Ofelia que, al llegar al convento, él no pudo celebrar misa porque se sentía muy mal. Entonces, le ofrecieron el jarabe de achoque y mejoró considerablemente. “Al siguiente día preguntó qué le habían dado y las hermanas le hablaron del brebaje. Se fue al mercado para conocer al animal y ver su hábitat. Después de investigar, les dijo a las hermanas: ‘Es muy importante este animal, y a ustedes les toca salvar a esta especie porque su hábitat se está deteriorando y en un futuro quién sabe qué vaya a ser de él. Puede llegar a extinguirse y a ustedes les toca trabajar con él para salvarlo’”.

Fue así como, poco a poco, empezaron a educarse en la biología del curioso anfibio, terminando por especializarse en todo lo referente a él, particularmente en su conservación.

“Aprendimos a través de la observación y, en un principio, sí tomamos un taller. Ahora conocemos mucho más; por ejemplo, sobre su alimentación. Para las diferentes etapas de su desarrollo, unos alumnos de la Universidad Michoacana, a quienes conocimos cuando eran estudiantes, nos siguen apoyando en la cuestión técnica”.

Ahora, para las religiosas, este es un trabajo cotidiano: “Se nos hace de lo más normal. El Papa sacó la encíclica Laudato si’, sobre el cuidado de la casa común, y eso nos viene muy bien porque, de alguna forma, estamos colaborando con la ecología”.

Hasta hoy, no hay planes para trasladar a los achoques del convento al lago. Antes de que eso ocurra, de acuerdo con especialistas, deben atenderse los problemas de la calidad del agua y estudiar la diversidad genética de la colonia cuidada por las monjas.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 24 de mayo de 2026 No. 1611