Francisco comprendía que la evangelización del siglo XXI exige superar modelos pastorales centrados exclusivamente en la administración interna y recuperar una dinámica de comunión viva. Por ello, la sinodalidad no se limitó a reuniones episcopales.

Por Miriam Apolinar

Al cumplirse un año del nuevo pontificado y en el aniversario de la muerte del Papa Francisco —21 de abril de 2025—, queda claro que el proceso sinodal impulsado en su magisterio no fue una experiencia temporal, sino una transformación histórica que continúa desarrollándose en la vida de la Iglesia.

La Iglesia católica vive un momento singular de su historia reciente. Mientras el mundo recuerda el aniversario de la muerte del Papa Francisco, el primer año del pontificado del Papa León XIV, —el 8 de mayo de 2025—, permite observar con mayor claridad la continuidad de un proceso que marcó profundamente al catolicismo contemporáneo: la sinodalidad.

Más que una palabra nueva o una reforma administrativa, la sinodalidad se ha convertido en una categoría teológica central para comprender el rumbo de la Iglesia del tercer milenio. Su formulación doctrinal más sistemática quedó plasmada en 2018 en el documento “La sinodalidad en la vida y misión de la Iglesia”, elaborado por la Comisión Teológica Internacional por impulso directo del Papa Francisco.

Hoy, ese texto aparece como una pieza clave para entender la transición entre dos pontificados estrechamente vinculados por una misma visión eclesial.

El documento que dio fundamento teológico a una reforma

Cuando fue publicado en 2018, el documento no acaparó titulares inmediatos. Sin embargo, con el paso del tiempo ha sido reconocido como uno de los textos teológicos más influyentes del siglo XXI dentro de la Iglesia.

Su propósito era claro: explicar doctrinalmente qué significa afirmar que la Iglesia es “sinodal”.La palabra proviene del griego syn-hodos, “caminar juntos”. El documento sostiene que la Iglesia no puede reducirse únicamente a estructuras jerárquicas ni a dinámicas administrativas; es, ante todo, un pueblo convocado por Dios que discierne comunitariamente su misión histórica bajo la guía del Espíritu Santo.

Francisco había anticipado esta idea en 2015 al afirmar que la sinodalidad sería “el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio”. El texto de la Comisión Teológica Internacional ofreció la base doctrinal necesaria para que esa intuición pastoral se convirtiera en orientación eclesial duradera.No se trataba de reinventar la Iglesia, sino de redescubrir su identidad más profunda.

Recuperar la memoria de los primeros cristianos

Uno de los aspectos más significativos del documento consiste en mostrar que la sinodalidad no es una innovación moderna.

Los primeros siglos del cristianismo estuvieron marcados por procesos de discernimiento comunitario. Obispos, presbíteros y fieles participaban activamente en la vida eclesial, buscando juntos la voluntad de Dios frente a los desafíos históricos.

Con el paso del tiempo, diversos factores culturales y estructurales acentuaron modelos más centralizados de gobierno eclesial. El documento de 2018 propone recuperar el equilibrio original entre autoridad pastoral y participación del Pueblo de Dios. Esta visión conecta directamente con la eclesiología del Concilio Vaticano II, que presentó a la Iglesia como “Pueblo de Dios” en camino. La sinodalidad aparece, entonces, no como ruptura, sino como maduración histórica del concilio.

Escuchar antes de decidir

El texto introduce una afirmación que transformó el estilo pastoral impulsado por Francisco: toda la Iglesia posee el sensus fidei, una capacidad espiritual para reconocer la verdad del Evangelio. Esto significa que la escucha no es un gesto diplomático, sino una exigencia teológica.

Escuchar a obispos, sacerdotes, religiosos y laicos; escuchar a los jóvenes, a las familias y también a quienes se sienten alejados de la Iglesia. La sinodalidad propone un cambio de método: antes de enseñar, la Iglesia escucha; antes de responder, discierne.

Durante el pontificado de Francisco, esta lógica se tradujo en procesos concretos: sínodos continentales, consultas mundiales y un amplio ejercicio de participación eclesial que buscó implicar a millones de fieles.

Para algunos críticos, el riesgo consistía en convertir la Iglesia en una especie de parlamento religioso. El documento responde claramente a esa inquietud: la sinodalidad no es democracia, porque la verdad revelada no se somete a votación; es discernimiento espiritual comunitario.

Francisco y la conversión pastoral de la Iglesia

El documento de 2018 no puede separarse del proyecto pastoral del Papa Francisco.

Desde el inicio de su pontificado, el Papa argentino insistió en la necesidad de una Iglesia menos autorreferencial y más misionera. La sinodalidad se convirtió en el instrumento para realizar esa conversión.

Francisco comprendía que la evangelización del siglo XXI exige superar modelos pastorales centrados exclusivamente en la administración interna y recuperar una dinámica de comunión viva.Por ello, la sinodalidad no se limitó a reuniones episcopales. Se convirtió en un estilo: diálogo, cercanía, escucha y discernimiento comunitario.

Con el paso de los años, quedó claro que Francisco no buscaba simplemente reformas estructurales, sino un cambio cultural dentro de la Iglesia.

León XIV: de la intuición profética a la consolidación institucional

La muerte del Papa Francisco abrió inevitablemente una pregunta: ¿continuaría la Iglesia el camino sinodal o se trataría de una etapa vinculada únicamente a su personalidad?

El primer año del pontificado del Papa León XIV ha ofrecido una respuesta significativa.

León XIV ha reafirmado que la sinodalidad pertenece a la naturaleza misma de la Iglesia y no al programa personal de un pontífice. Su magisterio inicial ha insistido en que el desafío actual no consiste en definir la sinodalidad —ya ampliamente reflexionada—, sino en aprender a vivirla de manera estable y madura.

Si Francisco fue el Papa que abrió el camino, León XIV aparece como el pontífice llamado a consolidarlo. El énfasis actual se dirige hacia la formación espiritual, la corresponsabilidad pastoral y la integración orgánica de la sinodalidad en la vida ordinaria de diócesis y parroquias.

Sinodalidad y misión evangelizadora

El documento subraya una idea decisiva: la sinodalidad no existe para sí misma.

Su finalidad es la misión. Una Iglesia que camina junta se vuelve más capaz de anunciar el Evangelio en contextos complejos y plurales. El discernimiento comunitario permite comprender mejor las preguntas reales de la humanidad contemporánea: secularización, crisis de sentido, polarización social y fragmentación cultural.

León XIV ha retomado este enfoque señalando que la credibilidad evangelizadora depende cada vez más del testimonio de comunión.

En un mundo marcado por la confrontación permanente, la Iglesia está llamada a ser signo de unidad reconciliada.

El reto más difícil: la conversión interior

El documento reconoce que la sinodalidad no puede reducirse a estructuras organizativas.

Su verdadero núcleo es espiritual.Exige aprender a dialogar sin sospecha, escuchar sin miedo y discernir sin ideologías. Supone abandonar clericalismos, pero también superar actitudes pasivas dentro del laicado. La sinodalidad requiere una conversión personal y comunitaria permanente.

Este es probablemente el mayor desafío del pontificado actual: evitar que el proceso sinodal se convierta en simple procedimiento burocrático. Sin una espiritualidad de comunión, la sinodalidad pierde su sentido.

Unidad sin uniformidad

Uno de los aportes teológicos más importantes del documento consiste en mostrar que participación y autoridad no se oponen. El ministerio del Papa permanece como principio visible de unidad universal, mientras que la participación del Pueblo de Dios enriquece el discernimiento pastoral. La Iglesia no busca uniformidad absoluta, sino comunión en la diversidad.

Este equilibrio responde a una tensión histórica del catolicismo: cómo mantener la fidelidad doctrinal sin sofocar la vitalidad pastoral.

La sinodalidad propone una síntesis donde autoridad y escucha se fortalecen mutuamente.

Un legado que trasciende pontificados

Al recordar hoy la figura del Papa Francisco, muchos coinciden en que su legado más profundo no fue únicamente una serie de documentos o reformas visibles, sino un estilo eclesial. El documento sobre la sinodalidad permitió traducir ese estilo en categorías teológicas permanentes.

León XIV hereda ahora una Iglesia en proceso de transformación. Su tarea no es iniciar una nueva etapa, sino acompañar la maduración de una visión ya sembrada. La continuidad entre ambos pontificados revela algo más profundo que una coincidencia pastoral: expresa una conciencia creciente dentro de la Iglesia sobre su identidad misionera en el mundo contemporáneo.

La Iglesia del tercer milenio

A casi una década de su publicación, “La sinodalidad en la vida y misión de la Iglesia” demuestra una notable actualidad.

Lo que comenzó como reflexión teológica se ha convertido en uno de los procesos eclesiales más significativos desde el Concilio Vaticano II.

El aniversario de la muerte de Francisco y el primer año del pontificado de León XIV permiten comprender que la sinodalidad ya no es un concepto experimental, sino un camino irreversible.

La Iglesia del tercer milenio está aprendiendo a caminar unida: pastores y fieles, tradición y renovación, autoridad y participación, todos bajo la guía del Espíritu Santo.

Porque, en última instancia, la sinodalidad no es una estrategia pastoral ni un programa temporal. Es una manera de vivir el Evangelio. Y quizá ese sea el legado más duradero de Francisco y el desafío más grande que León XIV tiene ahora ante sí: ayudar a que la Iglesia no sólo hable de caminar juntos, sino que realmente aprenda a hacerlo.

El documento se puede leer completo aquí.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 3 de mayo de 2026 No. 1608