Por Mario De Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro

Una de las cosas que debemos agradecer a los señores cardenales que participaron en el último Conclave, fue el habernos dado a un Papa agustino. Lo agradecemos porque escuchamos en sus discursos un lenguaje directo y claro, diríamos al estilo de San Agustín, su maestro. Esto no desvirtúa en nada el lenguaje coloquial del Papa Francisco, quien nos recordó el tono fraterno del “Poverello” de Asís, que nos sentó muy bien a los latinoamericanos. En la memoria y en el corazón guardamos muchas expresiones del papa Francisco, y ahora es ya de resonancia mundial el clamor por la paz del papa León, como lo fue en su tiempo el grito por la justicia de su antecesor el papa León XIII. Cada estrella brilla con su propio resplandor.

Pero más allá del acierto oratorio, lo importante es que tanto en Francisco como en León sigue resonando la voz del Evangelio dicha con verdad y caridad. Esto significa que el Espíritu Santo no cesa de llamarnos a decir y a vivir en la verdad, en medio de la mentira y corrupción reinantes. Jesús bien sabía que toda tiranía comienza por la degradación del lenguaje. Por eso, la norma vigente dada por Jesús es severa: “Digan sí cuando es sí y digan no cuando es no”. Y subraya: “lo que se diga de más, viene del Maligno”. Jesús, por experiencia en las tentaciones, sabía bien cómo se las gasta ese Fulano.

Y lo sabía también el Papa Francisco cuando nos advirtió que con el Diablo no se discute, lo mismo que hizo el Papa León XIV cuando rechazó toda discusión con cualquier poder de este mundo. Por eso la Iglesia enseña proponiendo y propone enseñando, no imponiendo. Así sirve a la verdad y guarda la caridad, raíces de la eficacia del Evangelio.

Pero, de argucias del maligno está lleno el mundo y de advertencias para superarlas el evangelio, aunque la realización es siempre costosa. Pilato dejó a Jesús con la palabra en la boca cuando le preguntó sobre la verdad, y a Jesús le costó la vida decirla y mantenerla hasta el final. A los discípulos nos dio el Espíritu de la Verdad, el único capaz de sostener nuestra libertad y nuestra dignidad de hijos de Dios. Hijos en la casa paterna y no esclavos en la ajena.

Los antiguos griegos y romanos tenían en gran aprecio el manejo del lenguaje y mantenían en honor el arte de la oratoria. Le llamaban “retórica”. Ahora es un arte que ha corrido mala suerte, pues ya no consiste en el pensar con la propia cabeza, en ordenar las ideas, confrontarlas con la realidad, escoger las palabras justas, buscar la entonación apropiada, argumentar con la razón y, finalmente, convencer al auditorio. Todo este entramado, obra maravillosa de un ser pensante y dialogante, ha desaparecido. No solo olvidado, sino pervertido: palabras ambiguas, sin sentido, idiotismos, adjetivos y superlativos; sofismas, argucias y gritos estentóreos, que agreden y ofenden a cualquier ser racional y pensante. Es verdad, como dicen, que detrás de la noticia está nuestro derecho a la información, pero ahora allí suele anidar la ambigüedad de la política, el prurito de la ganancia y la seducción de la ideología.

En estos últimos tiempos, los Papas han tenido que asomarse hasta el último reducto de la manipulación que padecemos: la ignorancia. Nos han recomendado la vuelta al alfabeto, a la lectura, a la meditación, al silencio y a la buena música, para evitar que otros piensen por nosotros. Dios nos quiere pensadores y creativos, no estatuas de sal. San Pablo VI decía, no sin ironía, a los jóvenes: “Piensen lo que quieran, pero piensen”. El Papa Francisco escribió una carta recomendando la lectura del libro impreso, de la novela y de la poesía. Ahora, el Papa León XIV nos ha invitado a pensar por nosotros mismos. A recobrar nuestra humanidad, es decir, la dignidad original de ser la única creatura en el mundo que goza del don de la palabra para poder dialogar con su semejante y con Dios.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 7 de junio de 2026 No. 1613