Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.
Jesús se compadece de los que sufren y tiene una mirada compasiva de las multitudes (cf Mt 9,9-13). Contempla a estas multitudes como ovejas sin rumbo y sin un pastor que las guíe. Esa mirada compasiva se transforma en la misión de los Doce, que será también la misión de sus sucesores y de los bautizados, como nuevo Pueblo de Dios, encabezado por los Doce, como los doce patriarcas que constituyen el Pueblo de Israel. Los Apóstoles, -enviados, constituidos como tales por quien es la Cabeza de la Iglesia, Jesús resucitado, que en Pentecostés, les conferirá plenamente el Espíritu Santo, para constituirlos de discípulos en enviados, -Apóstoles, al mundo entero, de todos los tiempos y de todos los lugares: Iglesia Universal.
Hoy, continúa esa misión de Jesús, el enviado del Padre, a través de los Sucesores de los Apóstoles, los Obispos y sus colaboradores según su grado, en el ministerio sacerdotal y no solo ellos, sino todo el Pueblo de Dios, los hermanos bautizados, en virtud de su propio bautismo.
En nuestro mundo contemporáneo se agranda esa brecha tecnológica y el progresivo decrecimiento interior. Hay muchos pobres que solo tienen dinero y muchos que llenan se poder como si fueran dioses, tejiendo telarañas, que el vendaval de la historia los sembrara en los límites de su tumba.
Cuántos se cansan de la vida y de sus retos y contaminan su interior con el desaliento. Abundan las trivialidades que no conducen a nada, solo a momentos fugaces.
Son muchos los muertos vivientes, que claman por una resurrección. Hay muchos enfermos del cuerpo y del alma, que buscan y anhelan la sanación total.
Jesús y su Iglesia, pastores y laicos, hemos de marcar el camino a seguir; hemos de aprender todos a amar. El Reino de Dios, es el amor de total entrega, traducido en sencillez, cercanía, diálogo, acogida, solidaridad, lealtad, verdadera amistad; así se revela la verdadera y autentica presencia de Dios Amor.
Es Dios, en su Hijo Jesús, quien se ha empeñado en que todos seamos dichosos, aun con las cruces de la vida y las horas oscuras.
Hemos de respetar el amor a la vida; sanar a quienes sufren la angustia y sus vidas rotas.
La mirada de Cristo Jesús, ha de transformar nuestras miradas frías e indiferentes, por una mirada llena de afecto, de respeto, que verdaderamente exprese el amor.
Mirar en lo individual y a las multitudes, como las miraba Jesús, con un Corazón misericordioso, fuente de la paz y de alegría. En una palabra ser Iglesia de mirada compasiva, Iglesia que late a ritmo del Corazón de Jesús.
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