Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.
El sufrimiento de los inocentes, escandaliza, y se busca una respuesta razonable, pero difícilmente se encuentra; la turbación lleva espontáneamente a culpar a Dios, e incluso por esto mismo, a no aceptar su existencia, al estilo de Albert Camus (1913-1960).
La humanidad de diversas épocas ha buscado respuestas mitológicas o filosóficas, sin encontrar una solución satisfactoria.
El libro de Job se plantea el sufrimiento del inocente, como una prueba permitida por Dios, pero Job no pierde la compostura; se mantiene fiel al Señor, a pesar de sus penas; la recompensa ante su dolor y alma rota, se recompensa en un ámbito humano con hacienda y familia.
El misterio del sufrimiento no encuentra respuesta y más bien parece insoluble; camino sin salida.
En el Verbo encarnado, Jesús, encontramos su respuesta. Lo ha querido vivir de modo pleno y revelar que Dios Padre, por su amor, en su nivel divino, encontramos el dolor de Dios, no en la perspectiva aristotélica del ‘ens a se’ y del’ actus purus’, del ser que existe por sÍ mismo, y acto puro, sin mezcla de potencialidad o carencia alguna; en la perspectiva del Dios revelado, Dios padece, según Orígenes.
A través del sufrimiento de Cristo crucificado, conocemos la autorrevelación máxima de Dios Amor.
El misterio de Dios, comporta pues la sabiduría de la Cruz; ser discípulo de Jesús exige tomar la cruz para seguirlo y ser digno de él (cf Mt 10, 37-42).
San Pablo proclama la cruz como verdadera sabiduría de Dios (cf 1 Cor 1, 24 ss).
Si nos unimos a Cristo por el misterio de la Cruz, participamos de la gloria de su resurrección.
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