UNA REFLEXIÓN DE LA IA DESDE LA BIOÉTICA III
Por María Elizabeth de los Ríos Uriarte
¿Seguimos siendo humanos? ¿Nos pensamos como humanos desde una nueva forma de serlo sin que nos hayamos dado cuenta de que, de humanos, no nos queda mucho? Si usamos anteojos para ver mejor, tomamos dos o tres tazas de café al día para rendir, tomamos algún suplemento para concentrarnos más, tenemos una prótesis en alguna extremidad, clavos en la columna o solo un marcapasos, la pregunta resulta aún más pertinente, pues la delgada línea entre la mejora humana y la búsqueda de la inmortalidad se confunde en un tiempo en el que parece que todo lo técnicamente posible es éticamente admisible.
Entre los muchos beneficios que ha traído consigo la inteligencia artificial, la programación de dispositivos artificiales para potenciar la fuerza humana, reemplazar órganos, conectarse a una interfaz que permita movimientos solo con pensarlos, leer estados mentales y hasta prolongar la vida con partes del cuerpo sintéticas parecidas a las humanas e incluso mejoradas, ha sido uno muy cuestionado desde hace algunos años. Ahora, con Magnifica Humanitas, el papa León XIV coloca el tema una vez más en la mesa de discusión para cuestionar si, ante la posibilidad de la inmortalidad, queda algo de humano que sea digno de ser salvado.
¿Qué son esas nuevas tendencias?
El transhumanismo es un movimiento y conjunto de ideas que tuvo como antecedente al escritor de ciencia ficción Julian Huxley (quien, de hecho, acuñó el término “transhumanismo”), que permeó sobre todo en la cultura norteamericana a finales de los años sesenta, en los setenta y ochenta, y que ha ido cobrando cada vez un mayor auge por lo prometedor de sus ideales: vivir más de 500 años, tener el doble del CI (coeficiente intelectual) del ser humano más inteligente que exista, no sufrir, no envejecer, no morir. Con ello asume el deber de mejorar la especie humana como un imperativo que se oponga al fallo, al error, a la enfermedad, a la vejez, al sufrimiento y a la muerte, considerando que estos son elementos indeseables.
De esta manera, ayudándose de la tecnología y de manera progresiva, el ser humano debe transitar, primero, a un transhumano (ser humano mejorado con tecnología) y, después, a un posthumano (ser absolutamente tecnológico), logrando cumplir con los tres pilares fundamentales de esta propuesta: la superinteligencia, la superlongevidad y el superbienestar.
En el fondo, se trata de ser lo que no somos; pensar en que nuestro cuerpo es lo suficientemente moldeable como para intervenir en él y cosechar una esencia nueva. Es de advertir que los planteamientos se dan desde una concepción antropológica materialista donde el ser humano es su cuerpo y nada más que su cuerpo. No hay nada espiritual o trascendente en el ser humano y por eso tampoco se plantea una mejora en esas dimensiones.
Los problemas de fondo
Un problema añadido a este planteamiento es el hecho de que propone un cambio del humano al transhumano, y de ahí al posthumano, sin advertir la contradicción que conlleva llamar igual lo segundo y lo tercero que lo primero, cuando se intenta postular un nuevo ser al que de lo primero no le quede nada. Este movimiento rechaza, entonces, que existan las esencias de las cosas y que estas sean inmutables, por lo que habría que seguir preguntando: y después del posthumano, ¿qué más?
Más allá de sus contradicciones, el transhumanismo, apoyado actualmente por el rápido avance científico y tecnológico mediante la IA, plantea la necesidad, por un lado, de encauzar dicho avance hacia el bien de la persona y de la sociedad, procurando el cuidado de su vida y su salud sin comprometer su integridad física y, por el otro, la necesidad de retomar el límite humano como necesario y bueno. Los límites no son una deficiencia ni un obstáculo, sino, más bien, aquello que define y, por ende, nombra lo que algo es. Más allá del nombre, está la esencia, y su identificación como elemento inmutable permite un buen entendimiento y una buena comunicación.
Cuando este límite se intenta romper, antropológicamente, el ser humano deja de ser humano y se vuelve algo tan indefinido que pierde hasta su valor de ser nombrado y reconocido. También pierde su ontología relacional, en la que se sabe criatura finita creada por el Infinito, y parte de su límite espaciotemporal es lo que lo hace vulnerable y le otorga la posibilidad de relacionarse como hijo y como hermano. Si el límite se rompe siempre porque ni siquiera se concibe, ¿cómo y desde qué lugar es posible pasar de un estado a otro cuando, para hacerlo, se debe afirmar algo primero? Pierde sentido siquiera plantear una línea evolutiva o una meta a donde llegar.
Una mejoría sí, pero integral
La mejora de la especie humana debe ser una que apele a lo integral, en todas sus dimensiones, sin olvidar que, además de cuerpo, somos espíritu. Mejorar no significa solo pensar más y mejor, correr más rápido, tener más fuerza, resistir más tiempo, no envejecer ni sentir dolor. Mejorar implica asumir la condición mortal que nos hace humanos y que nos permite sentir, reír, llorar, enojarnos, amar, construir, soñar, etc. Implica también entender que, en ese entramado de emociones y sentimientos, e incluso ante la muerte y el dolor, nuestra vida tiene un sentido y solo en nuestra fragilidad, y por la gracia de Dios, somos “más que humanos”.
La autora es fundadora y consultora en SECOBIE (Servicio de consultoría en bioética y ética clínica), una empresa que acompaña a pacientes, familiares y profesionales de la salud en la resolución de dilemas éticos y bioéticos.
Imagen de Mohammad Usman en Pixabay
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 21 de junio de 2026 No. 1615

