Por Miriam Apolinar

Mientras México recibe a millones de visitantes durante la Copa Mundial de Futbol 2026, la Iglesia Católica advierte que detrás de la celebración deportiva persiste una realidad dolorosa que no puede quedar fuera de la conversación pública: la trata de personas, la explotación sexual infantil y las nuevas formas de esclavitud que afectan a miles de víctimas invisibles.

Durante el panel “Copa del Mundo. La dignidad no está en juego”, organizado por el Instituto Mexicano de Doctrina Social Cristiana (Imdosoc), Mons. Francisco Javier Acero Pérez, obispo auxiliar de la Arquidiócesis Primada de México, hizo un llamado a mirar el deporte desde una perspectiva profundamente humana, recordando que el verdadero valor del futbol no se encuentra en los palcos, los negocios o los espectáculos mediáticos, sino en su capacidad de formar personas y construir comunidad.

“El deporte limpio va más allá del palco. Se juega en los pequeños campos de futbol, en los parques, en las plazas y en los espacios donde los jóvenes descubren el esfuerzo, la disciplina y el trabajo en equipo”, afirmó.

En un contexto marcado por el crecimiento de la violencia, la fragmentación social y la cultura digital que favorece el aislamiento, el obispo exhortó a apostar por una juventud menos dependiente de las pantallas y más comprometida con proyectos de vida que fomenten la superación personal y los valores humanos.

“Cuando una sociedad promueve el deporte, construye una juventud sana; no solamente entretenida, sino formada en valores”, señaló.

La otra cara del Mundial

Sin embargo, la reflexión del prelado se alejó de cualquier visión idealizada de los grandes eventos deportivos para poner sobre la mesa una preocupación concreta: el riesgo de que la Copa Mundial se convierta en un escenario propicio para el crecimiento de redes de explotación y trata de personas.

Mons. Acero reconoció la labor silenciosa de religiosos, religiosas y agentes pastorales que acompañan diariamente a personas vulnerables afectadas por este fenómeno y alertó sobre la posibilidad de que estas dinámicas criminales se intensifiquen durante la justa mundialista.

Las cifras que compartió son contundentes.

Según datos de la Fundación Freedom, alrededor de 12 millones de niños son víctimas de trata en el mundo. En México, más de 21 mil niñas y niños son captados cada año con fines de explotación sexual; es decir, cerca de 60 menores cada día. La tragedia se agrava al considerar que solamente uno de cada cien logra regresar a casa.

Asimismo, recordó que una de cada tres víctimas de trata con fines de explotación sexual es menor de edad y que la mayoría de los casos permanece oculta debido al miedo, la manipulación y la impunidad.

A ello se suma la información documentada por la Red por los Derechos de la Infancia en México (REDIM), que registra más de tres mil víctimas de trata entre niñas, niños y adolescentes entre 2015 y 2025, siendo las mujeres menores de edad las principales afectadas. “En México hemos convertido la trata en un problema terciario. Sabemos que existe, pero muchas veces reaccionamos con indiferencia o impotencia”, lamentó.

La dignidad humana no puede quedar fuera del estadio

A lo largo de su intervención, el obispo insistió en que el Mundial debe ser una oportunidad para reflexionar sobre la fraternidad, la unidad y la paz entre los pueblos: “No hagamos del deporte una esclavitud comercial y económica que sustituya la humildad, la superación y el trabajo en equipo”, expresó.

Para el prelado, el deporte posee una dimensión educativa insustituible porque ayuda a la persona a conocerse, desarrollar disciplina, fortalecer vínculos duraderos y construir comunidad: “El deporte genera sociabilidad, crea amistades y forma personas. Es un generador de comunidad”, afirmó.

No obstante, advirtió que detrás de los grandes acontecimientos deportivos también operan intereses económicos que pueden invisibilizar a quienes viven en condiciones de pobreza y exclusión, ya que “en medio de las entradas costosas y de la gran fiesta deportiva hay personas que no llegan a la quincena, personas vulnerables que siguen esperando justicia y oportunidades”.

Por ello, pidió que los deportistas profesionales asuman un liderazgo social capaz de acercarse a quienes más sufren y de recordar que la verdadera victoria consiste en colocar a la persona humana en el centro.

La trata: una esclavitud que se transforma

Mons. Acero también abordó el crecimiento de nuevas modalidades de explotación asociadas al entorno digital. Recordó que el crimen organizado aprovecha las redes sociales, las plataformas tecnológicas y diversos mecanismos de captación para enganchar a menores, migrantes y personas en situación de vulnerabilidad.

La llamada “esclavitud cibernética”, explicó, permite que las víctimas sean atraídas mediante engaños hacia esquemas fraudulentos, actividades ilícitas o redes de explotación que terminan destruyendo su dignidad y su proyecto de vida.

“Estas formas de esclavitud no son hechos aislados; son síntomas de una cultura que ha olvidado cómo amar y cómo poner a la persona en el centro”, advirtió.

Asimismo, denunció que la creciente desigualdad económica, los desplazamientos forzados, la violencia y los conflictos armados continúan generando condiciones favorables para los traficantes de personas.

“Déjennos construir la paz”

En uno de los momentos más significativos de su intervención, el obispo auxiliar dirigió un mensaje directo a quienes alimentan las estructuras de violencia que afectan al país, al pedirles algo muy especial: “Déjennos construir la paz. Dejen de matar. Dejen de reclutar para el crimen organizado a niñas, niños, adolescentes y mujeres”, expresó.

Su llamado se centra en una realidad nacional marcada por miles de personas desaparecidas, por el sufrimiento de las familias buscadoras y por una violencia que amenaza especialmente a mujeres y menores de edad. Frente a este panorama, insistió en que la respuesta no puede limitarse a la denuncia ni a la acción gubernamental, sino que requiere una auténtica cultura de fraternidad capaz de transformar las relaciones humanas.

“La Iglesia está cerca del deporte porque cree en él como un espacio de encuentro, formación y valores. Pero también tiene la responsabilidad de recordar que en medio de cualquier celebración siguen existiendo personas que sufren”, afirmó.

Recuperar la capacidad de acompañar

Al concluir su participación, Mons. Acero invitó a no acostumbrarse al dolor ni a la indiferencia social. Ante una cultura marcada por la inmediatez y el individualismo, propuso recuperar la cercanía con quienes sufren, especialmente con las víctimas invisibles de la trata, la violencia y la exclusión.

“Quizá la labor más importante que podemos hacer es acercarnos a las personas que conocemos, escucharlas, acompañarlas y abrazar su dolor”, señaló.

En el desarrollo del Mundial 2026, el mensaje es claro: la fiesta del futbol puede convertirse en una oportunidad para fortalecer la fraternidad y la paz, pero sólo si la sociedad es capaz de mirar más allá de los estadios y reconocer que la dignidad humana nunca puede quedar fuera del juego.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 21 de junio de 2026 No. 1615