Por Marieli de los Ríos Uriarte
La Inteligencia Artificial es ya una realidad presente y actuante en nuestras vidas, ya sea en aplicaciones que usamos en la vida diaria o bien como programas que generan cálculos o ejecutan tareas complejas en un menor tiempo y hasta, a veces, con mayor eficiencia, esta tecnología emergente se ha vuelto parte de nuestras rutinas casi sin advertir que un día, dudaríamos sobre sus beneficios para las personas y el entorno que habitamos.
Lejos quedó el temor y muy cerca la fascinación, pero aún cabe la razón que puede actuar prudentemente y haciendo un discernimiento profundo de los usos, alcances, ventajas y riesgos que la IA tiene. Es necesario, por ende, usar nuestra inteligencia humana para situarnos frente a ella y preguntarnos más allá de qué, el para qué de la misma.
Es así que estamos llamados a tomar al menos tres premisas como punto de partida cuando de reflexionar sobre la IA se trata:
1.- Su carácter no neutral.
El papa Francisco en su mensaje durante la 57 Jornada Mundial de la Paz advierte que:
“Debemos recordar que la investigación científica y las innovaciones tecnológicas no están desencarnadas de la realidad ni son «neutrales», [4] sino que están sujetas a las influencias culturales. En cuanto actividades plenamente humanas, las direcciones que toman reflejan decisiones condicionadas por los valores personales, sociales y culturales de cada época. […] tienen siempre una dimensión ética, estrictamente ligada a las decisiones de quien proyecta la experimentación y enfoca la producción hacia objetivos particulares” (S.S. Francisco. Mensaje de la 57a Jornada Mundial de la Paz, 1o de enero 2024).
El avance científico y tecnológico obedece siempre a fines concretos y responde a valores sociales y culturales, es decir, en ellos está impresa la huella humana que actúa con intención para uno u otro fin. Así, la IA sigue la misma premisa: no es neutral, sino que se orienta al cumplimiento de determinados fines con lo que se orienta a favor de unos u otros y, por ende, no está exenta de favorecer a ciertos grupos y excluir a otros, aun cuando se pretende que sea neutral.
Desde su diseño hasta su programación y uso, los algoritmos con los que opera están orientados a satisfacer ciertas tareas que llevan detrás, determinadas intenciones; por ello, puede generar discriminaciones y sesgos importantes en los resultados que brinda y estos, a su vez, generar injusticias sociales, económicas y hasta raciales que dañan profundamente a las personas.
Ahora bien, el que no sea neutral es algo positivo pues implica entonces pensar, que como tal, la IA no es ni buena ni mala en sí misma sino que el juicio dependerá de quién la diseña, programa y usa, es decir, hay en todo desarrollo de I.A. una persona capaz de deliberar y discernir no sólo el qué sino el para qué y, por ende, en quien recaerá la responsabilidad por las consecuencias que se presenten ante lo generado con la IA Será la persona y siempre la persona humana la que pueda mantener el control y supervisión sobre la IA
2.- Evitar las polarizaciones en torno a la I.A.
Si la IA es ya una realidad en nuestra vida y si en sí misma no es ni buena ni mala, no cabe entonces ni abrazarla ciega e indiscriminadamente ni rechazarla o prohibir terminantemente; más bien, su existencia nos convoca a dejarnos interpelar por sus bondades y advertir por sus riesgos inherentes. Polarizar las discusiones en posturas a favor o en contra de la IA no aporta al debate necesario que debe profundizar sobre sus alcances y limitaciones para poder discernir sus bondades y mitigar o erradicar sus peligros.
Se trata entonces de entender que la IA como toda ciencia, está al servicio de la persona y de valores éticos universales y no al revés. Así, siempre deberá constituir un medio y nunca un fin y en esto radica su discernimiento.
3.- Su carácter provisional.
Dado el muy veloz desarrollo de las nuevas tecnologías, frente a la IA como frente a todas las demás, hay que caminar con cautela pues sus condiciones y sus funciones cambian rápidamente, por ende, el juicio que de ellas se pueda hacer, podrá alterarse también.
La IA sigue cambiando cada día, incluso hoy hablamos en plural de las “inteligencias artificiales” y no sólo en singular como cuando recién comenzaron las discusiones en torno al tema; esto nos hace pensar que todo lo que podamos decir de la misma, mañana puede variar y, por ende, resulta necesario tomar en cuenta el carácter provisional tanto de sus ventajas como de sus ventajas, de sus luces y de sus sombras.
Afortunadamente, en muchas de sus aplicaciones, este carácter provisional ya que ha considerado e incluso se han hecho mejoras importantes para no menoscabar valores humanos pero aún siguen existiendo otras donde la provisionalidad puede alterar la percepción que de ellas tengamos e incluso instaurar discursos y narraciones fantásticas frente a estas tecnologías; más aún, puede hacernos alucinar sobre sus funciones y fortalecer la creencia popular de que la IA puede desplazar al ser humano en sus trabajos, relaciones, deseos, pensamientos, etc.
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Mantener los pies en la tierra regresando al carácter esencialmente provisional de la IA desmantela los grandes mitos que existen sobre ella y, quizá también, nos ayude a no ser tan presurosos sobre los juicios que hagamos de la misma sino, más bien, a mirar con gratitud y sin desprecio algo que el Creador ha puesto en nuestras manos como don para que, libres y responsables sepamos usarlo y cuidarlo.
Aproximarnos a la IA desde estas tres premisas permite situarnos con ilusión frente a ella, pero, al mismo tiempo, con la duda razonable sobre colocar en ella el futuro de la humanidad.
La autora es fundadora y consultora en SECOBIE (Servicio de consultoría en bioética y ética clínica), una empresa que acompaña a pacientes, familiares y profesionales de la salud en la resolución de dilemas éticos y bioéticos.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 31 de mayo de 2026 No. 1612

