Mientras iba a recoger a mi hija de la clase de danza, volví a ver el rostro de esa niña: una niña regordeta, rubia y con unos ojos vivaces. Una bailarina apasionada, una compañera divertida, una artista innata, pero que lleva en su cara la marca de un cromosoma de más.

Era la primera vez que la veía jugar, girar, despedirse, justo después de enterarme de que una pareja de amigos había decidido interrumpir un embarazo, ya avanzado, pasado el quinto mes, porque la hija que esperaban tenía síndrome de Down.

Lo llaman aborto “terapéutico”, aunque nadie sea curado realmente.

Un mundo cada vez más “libre de Down”

La vida es vida, una hija es una hija —entonces, ¿por qué tomar esa decisión? Esa pregunta queda en el aire, igual que quisiera que el juicio sobre estas personas también quedara suspendido, porque nadie puede entrar en el corazón y la mente de otro. Sin embargo, viendo a Carolina correr de la mano con su papá cada semana, viendo a su mamá animarla en el recital de danza (¡y participar incluso en el “baile padres e hijas”!), no puedo callar ante el engaño que la cultura eugenésica está difundiendo globalmente en nuestra sociedad.

Hay países que se están volviendo “libres de Down”, como Dinamarca, donde las ecografías del primer trimestre tiene una aceptación muy alta (90%), y si se diagnostica síndrome de Down, las tasas de interrupción superan el 95%.

En EU, la decisión de abortar en estos casos varía entre el 67% y el 85%, dependiendo de los hospitales y de las zonas del país; mientras que en Islandia la tasa de abortos por diagnóstico de síndrome de Down alcanza casi el 100%, es decir, prácticamente todos los embarazos diagnosticados son interrumpidos (fuentes: snuggymom.com, abc.net.au).

Los países mediterráneos, incluyendo Italia y España, alcanzan aproximadamente un 60% de interrupción en estos casos.

Este tema genera debate y plantea preguntas importantes: ¿Somos dueños de la vida o sus guardianes? Quienes defienden la vida sin condiciones sostienen que controlar los nacimientos de esta manera —estableciendo que la perfección (presunta) es el criterio para nacer— no asegura un futuro mejor para nosotros, nuestras familias o nuestros países.

Además, cabe preguntarse: ¿por cuánto tiempo más podremos celebrar el Día Mundial dedicado a la inclusión social de las personas con síndrome de Down, si estamos eliminando selectivamente a estas personas mediante pruebas prenatales y aborto eugenésico, impidiéndoles nacer y desarrollar su humanidad?

La perfección aparente y la falsa compasión

Los hijos corren el riesgo de convertirse en trofeos para sus padres. Y si son “defectuosos,” si no brillan, nosotros también brillamos menos. Además, en un mundo que ha normalizado y hasta alentado el aborto por malformaciones —como si fuera una cura y no la supresión de una vida humana— es comprensible que médicos y familias caigan en una falsa compasión: “Sólo sufrirá en la vida” y “¿Quién cuidará de ella cuando ya no estemos?” ¿Darla en adopción? “No, sería peor para todos.” Entonces el aborto aparece en el horizonte, disfrazado de “única solución” o incluso “la mejor solución.”

Mientras escribo, pienso en Carolina y en los padres de esa niña que baila como todas las demás; que va a la escuela como todas las demás; que ríe, juega, ama, como cualquier otro niño. Cuando intenté explicarle a mi hija que su nueva amiga era “una niña especial,” ella respondió sorprendida: “Mamá, ¿por qué dices eso? ¡Todos los niños son especiales!”

Tiene razón. Y los padres no son tan diferentes de muchos otros: ambos trabajan, tienen dos hijos menores además de Carolina, y conversan con tranquilidad con todos. A veces casi olvidas que lidian a diario con la discapacidad.

Lo que he aprendido —como madre que conoce muchas familias— es que la verdadera discapacidad para un padre es el victimismo, algo ajeno a ellos.

Claro, suelen estar ocupados con visitas médicas, el programa personalizado de la escuela y en contacto constante con el profesor de apoyo. Saben que Carolina tendrá un camino algo distinto, que su salud es más frágil; algunas maestras tienen más dificultades con ella y no todos los padres entienden bien el concepto de “inclusión,” pero eso no los hace más cansados, tristes o temerosos que los “padres con hijos sanos.” Su pareja es sólida, abierta, entusiasta por la familia que han formado juntos y no renuncian a momentos para sentirse esposos: “Este fin de semana los niños se quedan con los abuelos,” me dijo la mamá de Carolina en diciembre. “¡Michele y yo tomamos dos días sólo para nosotros!”

Cada vez que pienso en el “aborto terapéutico” de miles de niños con síndrome de Down —porque se piensa que acogerlos no es sostenible— pienso en ellos.

Una familia con heridas y dificultades, pero con una alegría contagiosa por la vida. Nunca hemos hablado de lo que supuso recibir ese diagnóstico, pero nada en sus gestos sugiere arrepentimiento por haber dicho “sí” a la vida. Al contrario, mirándolos sueñas con tener una familia como la que han creado.

¿Por qué el mundo es más bello con Carolina?

Carolina es un imán para el amor incondicional: ni siquiera puede competir en la carrera de los hijos-trofeo. Nunca será la mejor estudiante ni la bailarina perfecta. Cuánta libertad da eso a toda su familia —y también a mí, cuando la observo.

Frente a ella, me veo obligada a reconocer la ansiedad por el rendimiento que invade nuestras vidas y a llamar a la hipocresía por su nombre.

Carolina, simplemente con su sonrisa pura, nos dice: cuidado con la idolatría de la perfección; sólo el amor crea el mundo que, en fin de cuentas, todos deseamos.

Artículo publicado originalmente en familyandmedia.eu

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 12 de julio de 2026 No. 1618

Imagen de LMX5 Fotografie en Pixabay