Por P. Joaquín Antonio Peñalosa

Cuéntase de un millonario que perdió la combinación de su cajafuerte donde guardaba los amadísimos tesoros: dinero, acciones, cheques, escrituras, joya. Al recurrir al único mecánico que en la ciudad sabía abrir cajafuertes, convinieron en que el trabajo costaría cinco mil pesos. Trabajo que le llevó al mecánico no más de tres minutos. ¿Y por tres minutos me cobra cinco mil pesos? El mecánico, molesto, cerró la puerta de la cajafuerte: Si desea usted que vuelva a abrirla, tendrá que pagarme 30 mil pesos. Lo que el mecánico cobraba no era el tiempo que todos tienen, sino la destreza que solo algunos poseen.

Hay hombres y mujeres cajafuertes, más de los que uno se imagina, gente cerrada de pies a cabeza, cavernícolas encerrados en la cueva de su yo, enconchados crustáceos, tortugas bípedas que, bajo siete llaves, ocultan sus tesoros para que nada ni nadie pueda violar. Es su secreto, su introversión, su egoísmo electropuro. Teniendo tanto, no dan nada.

Unos guardan sus manos en la cajafuerte, unas manos inactivas que no producen o hacen como si trabajaran; a su paso por la vida no dejan ni una semilla diminuta que algún día fructifique. Su vida será tristemente un guion entre dos fechas.

Otros encierran la cabeza en la cajafuerte, de donde no sale ni un rayo de luz, como si no tuvieran ideas, como si no funcionara su inteligencia. No comparten juicios, no opinan, no sugieren, no dan la solución teniéndola.

Hay gente que guarda los labios en un espeso silencio egocéntrico. En boca cerrada no entran moscas; pero tampoco sale un consejo, un elogio, un consuelo, una palabra de esperanza. Son los mudos voluntarios que no saben decir ¡cuidado! cuando el peligro acecha; incapaces de pronunciar las palabras elementales y confortadoras: gracias, perdóname, qué amable eres. El mayor gozo humano es sugerir un mundo con una palabra intensa.

Los cajafuertes más impenetrables son los corazones tapiados por el odio, el rencor, la venganza. No saben amar, no quieren amar, tienen miedo de amar. Y eso es el infierno.

Cajafuertes son también quienes cierran sus ojos para no ver las catástrofes económicas y morales del mundo y, mucho más cerca, de su propio mundillo circundante. En la película que versa sobre la vida de Paganini, impresiona la frase que dice al famoso violinista el mejor de sus amigos: “De ti no ha salido en toda tu vida, un solo acto de amor. No has hecho en toda tu existencia, nada que no sea servir a tu egoísta yo. Estás condenado a la soledad”.

Es lo mismo que de la gente cajafuerte, canturreaba la vieja coplilla: “A los cincuenta, sin cuenta. A los sesenta, se sienta. A los setenta, se ahuyenta. A los ochenta, se acuesta. Y a los noventa, revienta”.

Artículo publicado en El Sol de México, 19 de diciembre de 1991; El Sol de San Luis, 28 de diciembre de 1991.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 12 de julio de 2026 No. 1618