Antes de convertirse en emblema nacional, la Virgen de Guadalupe ya ocupaba un lugar central en la vida pública y espiritual de la Nueva España; su imagen, levantada por Miguel Hidalgo en 1810, condensó fe, identidad y causa insurgente en uno de los símbolos fundacionales de México.
Por Miriam Apolinar
Antes de que existiera una bandera tricolor, un escudo nacional o una república constituida, la sociedad de la Nueva España ya compartía un primer gran punto de encuentro: la Virgen de Guadalupe. En septiembre de 1810, cuando Miguel Hidalgo tomó su imagen en el santuario de Atotonilco para encabezar la insurgencia, no improvisó un símbolo al azar; echó mano del referente visual, espiritual y cultural con mayor poder de convocatoria en todo el territorio novohispano.
A través de la mirada de la Dra. Ana Rita Valero de García Lascurain —historiadora, antropóloga y especialista en el tema—, este reportaje desentraña cómo la Guadalupana operó como una auténtica “bandera antes de la bandera”, explorando las razones históricas, antropológicas y simbólicas que convirtieron a este icono devocional en la primera gran insignia colectiva del México naciente.
Hablar de la Virgen de Guadalupe es adentrarse en uno de los capítulos más profundos de la historia y de la identidad de México. Su imagen ha acompañado momentos decisivos del país, ha cruzado generaciones y, desde hace siglos, forma parte de la memoria colectiva de millones de mexicanos. Pero detrás de esta presencia religiosa también existe un vasto campo de investigación histórica, antropológica y cultural.
Para acercarnos a esta dimensión del fenómeno guadalupano, conversamos con la Dra. Ana Rita Valero de García Lascurain, prestigiosa historiadora y antropóloga que durante décadas ha dedicado buena parte de su trayectoria al estudio de la historia de México y del fenómeno guadalupano.
Doctora por la UNAM, con formación en etnohistoria y especializada en el estudio de códices mesoamericanos, Valero de García Lascurain ha construido una mirada que permite tender puentes entre la investigación académica, la memoria histórica y la experiencia de la fe. Su aproximación al tema guadalupano, cuenta, no comenzó únicamente en los archivos ni en los libros: nació también de la devoción. Con el paso de los años, aquella inquietud personal se transformó en una investigación histórica.
Su testimonio resulta especialmente valioso porque permite mirar a Guadalupe no solamente como un símbolo religioso, sino también como una presencia que ha acompañado la construcción histórica de México. Desde los primeros años de la Nueva España hasta la Independencia de México, la imagen guadalupana adquirió significados que fueron mucho más allá del ámbito estrictamente devocional.
Y es precisamente en 1810 cuando Guadalupe aparece en uno de los episodios más emblemáticos de la historia nacional.
Cuando Guadalupe se convirtió en estandarte
Mucho antes de que México tuviera una bandera nacional, la imagen de la Virgen de Guadalupe ya había sido levantada como estandarte. En septiembre de 1810, después del inicio del movimiento insurgente encabezado por Miguel Hidalgo y Costilla, la marcha llegó al santuario de Atotonilco, en Guanajuato.
Ahí ocurrió una escena que quedaría grabada en la memoria histórica de México: Hidalgo tomó una imagen de la Virgen de Guadalupe y la convirtió en el estandarte de los insurgentes.
La decisión no fue menor. En una sociedad profundamente marcada por la religión, la imagen de Guadalupe era ampliamente reconocida y tenía una enorme capacidad de convocatoria. Para quienes se incorporaban al movimiento, no era necesario explicar quién era aquella figura que marchaba al frente: era una imagen cercana, conocida y profundamente arraigada en la sociedad novohispana.
La pregunta histórica resulta inevitable: ¿por qué Guadalupe?
Para la Dra. Ana Rita Valero, comprender aquella elección exige mirar mucho más atrás del episodio de Atotonilco. La Virgen ya tenía una presencia social y cultural de enorme importancia. Su imagen había trascendido el ámbito estrictamente religioso y comenzaba a formar parte de una identidad colectiva que se había ido construyendo en la Nueva España. De esta manera, cuando comenzó la Guerra de Independencia, Guadalupe podía convertirse en un punto de encuentro.
No era todavía la bandera de una nación independiente, porque esa nación aún no existía. Era, sin embargo, un símbolo capaz de identificar y cohesionar a quienes participaban en un movimiento que buscaba transformar el orden establecido.
La imagen guadalupana acompañó así a los insurgentes en los primeros meses de la guerra. El estandarte pasó a representar una causa y, al mismo tiempo, permitió que un movimiento todavía en construcción tuviera un referente común.
Una imagen que trascendió la religión
El fenómeno guadalupano resulta particularmente interesante porque la Virgen no nació como un símbolo político. Su transformación fue resultado de un largo proceso histórico.
Durante la época virreinal, la devoción a la Virgen de Guadalupe fue creciendo y extendiéndose por distintos sectores de la sociedad novohispana. La imagen comenzó a ocupar un espacio cada vez más importante en la vida religiosa y cultural del territorio. Su presencia llegó a templos, hogares, caminos y celebraciones, hasta convertirse en una referencia profundamente arraigada.
Por ello, cuando Guadalupe llegó el movimiento insurgente, ya poseía una fuerza simbólica propia.
Durante la Independencia de México, su imagen comenzó a adquirir nuevas lecturas. Para los insurgentes podía representar protección y pertenencia; para otros sectores de la población era una figura profundamente ligada a su vida cotidiana y a su experiencia religiosa.
Así, religión, identidad y política comenzaron a encontrarse alrededor de una misma imagen.
La importancia de este proceso no puede reducirse únicamente a la escena en la que Miguel Hidalgo tomó el estandarte en Atotonilco. Detrás de ese momento existía una historia previa: décadas de devoción, apropiación social y construcción de significados alrededor de Guadalupe.
Por eso, cuando la imagen apareció al frente del movimiento insurgente, tenía ya una fuerza simbólica que difícilmente podía conseguir cualquier otro emblema. Guadalupe se convirtió, de alguna manera, en una bandera antes de que México tuviera una bandera nacional.
De la independencia al nacimiento de una nación
La guerra iniciada en 1810 no terminó inmediatamente con la construcción de una identidad nacional. La Independencia de México, consumada en 1821, abrió una nueva etapa marcada por profundas divisiones políticas, sociales y económicas.
“El nuevo país” necesitaba símbolos. Necesitaba construir una idea de pertenencia y encontrar elementos capaces de representar a una sociedad que dejaba atrás tres siglos de dominio español. Guadalupe ya estaba ahí.
Su imagen continuó ocupando un lugar relevante en la vida pública y en la memoria de los mexicanos. Había acompañado a los insurgentes durante la guerra y ahora formaba parte del imaginario del país que comenzaba a construirse.
La historia de la Virgen de Guadalupe, por tanto, no terminó con Miguel Hidalgo. Su presencia atravesó el nacimiento del México independiente y continuó durante las distintas etapas políticas del siglo XIX.
Pasó de los estandartes insurgentes a los espacios públicos; de los campos de batalla a los discursos sobre la nación; de la devoción popular a convertirse en uno de los símbolos más reconocibles de México.
Guadalupe y la identidad mexicana
Ahí reside una de las claves para comprender la permanencia de la Virgen de Guadalupe en la historia nacional.
Los gobiernos cambiaron. México pasó por el Imperio, la República, conflictos entre liberales y conservadores, reformas políticas y profundas transformaciones sociales. Sin embargo, la devoción guadalupana permaneció arraigada en amplios sectores de la población.
Para la historiadora Ana Rita Valero, este fenómeno permite observar que la fuerza de Guadalupe no dependió exclusivamente de las instituciones políticas o religiosas. También estuvo en la sociedad, en la manera en que distintas generaciones hicieron suya la imagen y le otorgaron nuevos significados.
Por eso, estudiar a Guadalupe es también estudiar a México.
Es comprender cómo una imagen religiosa pudo convertirse en un símbolo de identidad; cómo acompañó a los hombres y mujeres que participaron en la Independencia; cómo sobrevivió a los cambios políticos y cómo llegó hasta nuestros días como una de las figuras más importantes de la cultura mexicana.
Una bandera antes de la bandera
Antes de que el águila y la serpiente ocuparan el centro de la bandera nacional, antes de que el verde, blanco y rojo se convirtieran en los colores que identifican a México, hubo una imagen que ya era reconocida por amplios sectores de la población.
La Virgen de Guadalupe marchó con los insurgentes y estuvo presente en uno de los momentos fundacionales de la nación.
Pero la historia exige una precisión: Guadalupe no hizo la Independencia de México. La insurgencia respondió a una compleja combinación de factores políticos, sociales y económicos, en el contexto de la crisis de la monarquía española y las tensiones acumuladas en la Nueva España. Su importancia estuvo en otro terreno: el simbólico.
Miguel Hidalgo encontró en su imagen un estandarte; los insurgentes, un signo de identificación; y el México que nació después de la guerra encontró en ella uno de sus referentes más poderosos de pertenencia. Por ello, hablar de la Virgen de Guadalupe y la Independencia de México es hablar también de la construcción de una identidad nacional.
Más de dos siglos después, aquella escena de Hidalgo en Atotonilco continúa formando parte de la memoria histórica del país. Pero detrás del estandarte existe una historia mucho más amplia: la de una imagen que atravesó generaciones, guerras y transformaciones políticas para permanecer en el corazón de la sociedad mexicana.
La investigación de la Dra. Ana Rita Valero invita precisamente a mirar esa historia con mayor profundidad. A entender que Guadalupe no es solamente una imagen religiosa ni únicamente un símbolo de la Independencia. Es un fenómeno histórico y cultural que permite observar cómo México fue construyendo una idea de sí mismo.
Y quizá por eso, cuando se habla de Guadalupe, también se habla de México: de su memoria, de sus raíces, de sus luchas y de esa identidad que, generación tras generación, continúa buscando respuestas sobre quiénes somos y de dónde venimos.

