Por Cardenal Felipe Arizmendi Esquivel

HECHOS

Conocí a un sacerdote totalmente enemigo de poder dialogar con protestantes o evangélicos, como si fueran enemigos intratables y como si todo en ellos estuvieran mal. Por lo contrario, desde 1992, en Chiapas fundamos el Consejo Interreligioso, con el fin de dialogar entre nosotros sobre nuestra fe, no para discutir y pelear, sino para conocernos más y poder trabajar juntos por la paz y la reconciliación en las comunidades, por la familia y la juventud, por el cuidado de la ecología, contra el alcoholismo, etcétera.

También hacíamos oración juntos y meditábamos la Palabra de Dios. Eran tiempos en que todavía existían conflictos comunitarios por diferencias religiosas y juntos buscábamos caminos de justicia y de respeto en esas comunidades. Hasta la fecha, este Consejo chiapaneco sigue funcionando. Participan los obispos y los representantes legales de diferentes asociaciones religiosas.

En Chiapas hay diversos grupos de musulmanes y con ellos tuve poco contacto, porque están muy divididos. La mayoría son indígenas chamulas que antes eran presbiterianos. Pero había una judía norteamericana, periodista, que una vez me invitó a su casa para celebrar juntos la Cena Pascual. Todo muy bien, con todos los elementos propios; incluso me pidió que yo leyera y explicara el capítulo 12 del Éxodo, para vivir más conscientemente ese momento. Era Jueves Santo y ajustamos horarios, para que yo pudiera estar en Catedral para la celebración católica.

Como en nuestra patria han aumentado otras religiones, en varios Estados ya se han constituido Consejos Interreligiosos, para promover el diálogo y la colaboración en la búsqueda de valores que nos hacen hermanos.

ILUMINACIÓN

Tres Dicasterios de la Curia Romana: Doctrina de la Fe, Diálogo Interreligioso y Promoción de la Unidad de los Cristianos, han emitido una nota sobre esta relación de fraternidad con otras religiones. Comparto sólo algunos párrafos, pero sería bueno que se leyera todo.

“Acercarse, expresarse, escucharse, mirarse, conocerse, tratar de comprenderse, buscar puntos de contacto, todo eso se resume en el verbo ‘dialogar’” (50).

“En realidad, no se trata de fundar una gran religión mundial en la que todas las creencias queden niveladas. Esa posibilidad debe descartarse por respeto a uno mismo y a los demás. Se trata, en cambio, de construir una sociedad fraterna capaz de aceptar las diferencias. Dialogar no consiste solo en exponer las propias doctrinas o en comparar las propias visiones del mundo; hoy, frente a quienes fomentan divisiones y preparan conflictos, los creyentes de las distintas tradiciones y, en primer lugar, sus líderes, conscientes de sus diferencias irreconciliables, están llamados a buscar, con lucidez y esperanza, las condiciones para una convivencia pacífica” (53).

“Para alcanzar ese objetivo, es necesario llevar a cabo una verdadera transformación de las mentalidades: abandonar las lógicas de defensa, hostilidad o conquista, para adoptar una actitud abierta, benévola y valiente. La defensa intransigente de la propia posición y el proselitismo, como única forma de encuentro con ‘el otro’, ya no tienen sentido en un mundo que se asemeja cada vez más a una aldea global interconectada y en continuo fermento” (54).

“En las antípodas de esas actitudes rígidas que pretenden resolver los conflictos por la fuerza, es el momento de promover una nueva ética del diálogo: una cultura de la complejidad, de la flexibilidad y de la amistad. Ya no se trata de temer o de mantener a distancia al otro creyente, a la otra civilización, a la otra forma de pensar, sino de atreverse al encuentro. Aquel que antes se percibía como una amenaza, un enemigo al que temer, respetar desde la distancia o incluso destruir, puede convertirse en un interlocutor, un aliado, un amigo, incluso un «peregrino de la verdad»” (55).

“La Iglesia ha pasado de una actitud a menudo reservada o distante a un valiente camino de diálogo sincero, de encuentro respetuoso y de cooperación fraterna. Este legado constituye ya un patrimonio vivo e irrenunciable, que sigue interpelando a los creyentes de hoy y los compromete a continuar esta aventura humana y espiritual, tan vital para nuestro tiempo” (57).

«La Iglesia invita a todos a convertirse en “constructores de puentes, no de muros”, artesanos de la paz y de la fraternidad, capaces de acoger al otro en su diferencia, de reconocer sus riquezas espirituales y de colaborar en la construcción de una sociedad más justa y más humana» (59).

ACCIONES

Tratemos a las personas de otras religiones con gran respeto, con apertura mental y con un corazón fraterno. No debemos intentar imponer nuestra religión católica, sino proponerla y ofrecerla como alternativa válida para quien libremente la acepte, con el testimonio del bien que nos ha hecho, aunque no faltan deficiencias en todas partes. Dios no quiere esclavos, sino hijas e hijos, hermanos todos entre nosotros.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 4 de octubre de 2026 No. 1630