Por Carlo Mongardi, sacerdote misionero xaveriano /*

Los misioneros se han entregado a llevar el Evangelio por todas las naciones, y durante siglos han sido formados, con la urgencia de subir a todos los pueblos, al tren de la salvación y civilización, y a su mejor realización, en la Iglesia católica.

Hoy este tren se ve ya anacrónico, como de otros tiempos y situaciones, y no es fácil poder proponer una buena noticia, porque no representa ninguna novedad. ¿Cómo, superar entonces, el desconcierto de los misioneros y de las Congregaciones misioneras? No se notan nuevos impulsos internos ni externos para seguir en este anuncio y testimonio de Cristo.

La última Encíclica sobre las misiones –en la línea del decreto Ad Gentes del Concilio Vaticano II- enviada en el año 1990 por el papa Juan Pablo II a toda la Iglesia, con el título de Redemptoris Missio (La misión del Redentor sobre la permanente validez del mandato misionero), inicia con estas palabras: “La misión de Cristo Redentor, confiada a la Iglesia, está aún muy lejos de cumplirse… Una mirada global a la humanidad demuestra que esta misión está todavía en los comienzos” (RM, 1). “Para esta humanidad inmensa, tanto amada por el Padre, que por ella envió a su propio Hijo, es patente (Nota mía: pero no vista hoy por la jerarquía eclesiástica y ni por el pueblo cristiano) la urgencia de la misión” (RM,3). “No podemos permanecer tranquilos si pensamos en los miles de millones de hermanos y hermanas nuestros, redimidos también por la sangre de Cristo, que viven sin conocer el amor de Dios” (RM, 86).

Los misioneros nos sentimos intranquilos al darnos cuenta de que ya no se mueve el tren de la salvación y civilización, ni tampoco del servicio y liberación: pocos son los que invitan a subirse, y menos aún, los que quieren entrar. Como que se ha apagado “el fuego que Jesús vino a traer sobre la tierra y que deseaba que ya estuviera ardiendo” (Lc 12, 49).

He meditado y orado para descubrir algo significativo, que pueda dar sentido e impulso a esta misión en nuestra época de globalización, comunicación, de la “aldea global”, que nos dé la ilusión de estar unidos y de la vida compartida. Hoy me parece una mera ilusión, con poca esperanza, la llamada del Papa Juan Pablo II a las familias y a los jóvenes, “de dar una contribución Particular a la causa misionera de la Iglesia, cultivando las vocaciones misioneras en sus hijos e hijas…dispuestos a que alguno de ellos marche a las misiones” (RM, 82).

Podría ser útil volver a la tarea originaria de la misión cristiana como propuesta de paz (Cfr. Mt 10,11-12; Lc 10,5-6), ya que en nuestro tiempo, “Dios llora por la locura de la guerra, suicidio de la humanidad que mata el amor” (Papa Francisco, Discurso del 2 de junio de 2013).

Yo pienso también en la situación de división, conflicto, y a veces odio, entre dos grupos considerados opuestos, extraños e irreconciliables: desde antiguo eran los puros vs impuros, los libres vs esclavos, lo sagrado vs lo profano, los cristianos vs los infieles, los intelectuales vs los incultos, los varones vs las mujeres, lo público vs lo privado, lo laico vs lo religioso, los derechos humanos vs los derechos nativos, los fuertes vs los débiles, además de todas la luchas de castas o de clases de millones de personas.

Recuerdo un texto de hace unos 160 años que soñaba con algo así: “En sustitución de la antigua sociedad, con sus antagonismos, surgirá una comunidad en que el libre desarrollo de cada uno será la condición del libre desarrollo de todos”.  Pero se preocupaba de que “toda esta sociedad moderna ha hecho surgir tan potentes medios… que se asemeja al mago que ya no es capaz de dominar las potencias infernales que ha desencadenado”. Yo, lo que he soñado, es leer un nuevo AD GENTES.

*Texto tomado del sitio de los Misioneros Xaverianos de México: www.xaverianos.com.mx