Por Juan Gaitán |

Edgar, también conocido como El Ponchis o El niño sicario, es un joven de diecisiete años de edad que fue detenido en 2010, cuando tenía apenas catorce, por la tortura y degollamiento de cuatro personas. Ayer martes, durante la madrugada, fue liberado de su reclusión, al haber concluido ahí el periodo de tres años ordenado por el juez. A continuación un texto dedicado a él.

¡Perdónanos, Ponchis, nuestros pecados!

No merecemos, hermano Ponchis, que escuches nuestras palabras, pero hay algo que te quisiera decir: Perdónanos, Ponchis, perdónanos.

Perdónanos por haber sido indiferentes ante tu situación de sufrimiento y violencia, por haber convertido tu infancia en una historia de dolor, por lo que te hemos permitido ver, por las experiencias a las que te hemos empujado. Perdónanos por vivir nuestro cristianismo en el templo y no saber salir a los sitios necesitados de amor. ¡Perdónanos, Ponchis, por no haber asumido el Evangelio!

Perdónanos por no haber intentado rescatarte, por no habernos comprometido a transformar las estructuras sociales de muerte, por haber enterrado el amor del que eres capaz, porque debes saber, Ponchis, que eres imagen y semejanza de Dios. Perdónanos por no hablar de los niños que están en tu situación en nuestras homilías, por habernos acostumbrado a leer en los periódicos el número de muertes de cada día, y que sean sólo eso: un número.

Perdónanos por no alzar la voz en tu nombre, en el nombre de tu madre, tus hermanas, de Jesucristo que te ama, que padeció, murió y resucitó para darte vida en abundancia. Perdónanos por tenerle miedo a morir en la cruz, por no haber reconocido a Cristo en tus ojos, ¡porque no nos ha dolido tu dolor!

Perdónanos, Ponchis, hermano nuestro, que has padecido nuestra falta de compromiso, que te hemos convertido en la noticia del momento, perdónanos por tener nuestras entrañas tranquilas. Por gastar horas y horas frente a la televisión y no contemplar en oración a Jesús yendo al encuentro de los pecadores, por olvidar que Jesús no vino para atender a los sanos, sino a los enfermos, perdona que las bancas de nuestros templos sean tan cómodas, perdónanos por no haberte hecho sentir el amor de Dios.

Perdónanos, Ponchis, hijo de Dios, ser humano con dignidad, hermano nuestro, víctima de nuestras omisiones, de nuestra parca valentía. Perdónanos porque Jesús nos pidió que visitáramos al preso, porque escuché eso cuando fui a la catequesis, a misa, pero nunca te fui a visitar.

Perdónanos porque lo poco que hemos hecho no ha sido suficiente, ¡perdónanos, Ponchis, por no llorar en el confesionario lo que te hemos hecho y lo que hemos dejado de hacer por ti! Perdóname, Ponchis, mis pecados, porque a ti es a quien he lastimado.