Por Julián López Amozorrutia, rector del Seminario Conciliar de México |

El hombre llegó a la cafetería con cierta prisa. Le entregaron el menú y lo revisó sin mucha atención. Pidió uno de los platos que se anunciaban como especiales. La mujer que lo atendía confirmó, sorprendida, que en la carta aparecía lo que le habían solicitado. Lo anotó con cuidado. Después de unos minutos, la mesera regresó con el rostro encajado. “Disculpe usted, señor. Por error le traje el menú del fin de semana”.

Como un instante fotografiado por la literatura de Kundera, los rasgos de la mujer reflejaban terror. ¡Cuántos insultos, seguramente, acumulados en el trabajo, en la vida! Uno más, tal vez. La torpeza era real. Y ella había aprendido la incontenible reprimenda que le esperaba. Recuerdo a un joven que se ensañaba con quienes no habían sabido reconocerlo como el centro del mundo. Y sabía tratarlos mal. Un episodio frecuente.

Pero el hombre miró a la mujer, adivinando la angustia. Sonrió, y simplemente dijo: “No pasa nada”. Eligió un plato distinto, y cuando la mujer hubo tomado nota, aún le dijo: “No se preocupe, señorita”. Asunto arreglado.

Descubrí que el hombre había sido instrumento del consuelo de Dios. ¡Cuántos problemas maximizados por falta de paciencia y de condescendencia! ¡Cuántos monstruos hechos crecer a base de necesidades de autoafirmación y de desprecio al prójimo! ¡Cuántos conflictos desbordados por nerviosismos! ¡Y cuán fácil podía ser cambiar el rumbo de las cosas, en un solo instante, desmarañando nudos inútiles!

Uno de los himnos litúrgicos más hermosos de la liturgia católica se canta en este tiempo, preparando la Navidad. Es el “Rorate coeli”. Retoma varios pasajes del profeta Isaías, suplicando que los cielos destilen su rocío y las nubes lluevan la justicia, al Justo. Uno de sus versos, en particular, me conmueve siempre. “Consolamini, consolamini popule meus”. ¡Consuélate, pueblo mío, consuélate! Y llama la atención -lo que rompe el ritmo de las otras estrofas- la repetición del “consuélate”. Hace suyas las primeras palabras del segundo bloque de Isaías (40,1), donde, sin embargo, se trata de una indicación: “¡Consuelen, consuelen a mi pueblo!”

Las dos primeras estrofas del himno describen una condición desolada. Suplican a Dios olvidar las iniquidades del pueblo, y constatan el abandono de la ciudad santa. Se experimenta una tremenda tristeza. La tercera estrofa se atreve a levantar los ojos al cielo y pedir a Dios que mire la aflicción del pueblo, y envíe al que ha de venir. La esperanza que se repite en el estribillo adquiere entonces su vigor. La oscuridad abre paso a la luz, aún como promesa.

“Tu salvación -tu Salvador- viene pronto”. Con esta palabra empiezan a ser enjugadas las lágrimas. “¿Por qué te consume la tristeza? ¿Por qué se renueva tu dolor?” Y a las angustias del profeta -del mundo, del pecador, de la sociedad, de la mesera- las consuela la ternura del Dios fiel: “No temas. Te salvaré”.

El himno es consciente de que la salvación viene de lo alto. Que cuando las tinieblas nos rodean sólo puede ser implorada humildemente. Y la figura que emplea sugiere bellamente la fineza de Dios: la salvación se ofrece, como un rocío discreto que empapa la tierra. Pero ello no excluye que, una vez reconocida la acción benéfica de Dios, el consuelo salvífico se convierta en una tarea profética. Hay mucho dolor y desconcierto; hay miedos y sombras amenazantes dispuestas a despertarse, para atormentar a quienes se esfuerzan en agonía por sobrevivir. La palabra de la fe no puede sino obedecer el mandato del consuelo y dirigirse a los desiertos del corazón para presentarles al Salvador.

De tal manera es delicado el amor de Dios, que se nos entrega en un niño pequeño. A Él no podemos tenerle miedo. Nos ayuda a entender el cálido abrazo que Él quiere brindarnos -que Él quiere que le brindemos-, haciéndolo extensivo a tantos hermanos que a nuestro alrededor requieren consuelo y esperanza. Consolemos, consolemos.

Artículo publicado en el blog Octavo día, (20-12-2013)  del universal.com.mx. Reproducido con permiso del autor