Por Fernando Pascual |

Se cumple el primer centenario del inicio de la Primera Guerra Mundial. No es un año para celebraciones, sino para un recuerdo de hechos que ensangrentaron parte de Europa y de otros lugares del planeta.

Estas líneas sólo quieren aludir a algunas pistas de reflexión para acercarnos a aquellos hechos dramáticos.

Hay que preguntarse, inicialmente, por qué se produjo aquella guerra, qué factores alimentaron tensiones y odios que explotaron en un conflicto tan complejo y tan absurdo.

No podemos dejar de lado una descripción de las decisiones políticas y militares que prepararon y acompañaron la marcha de los acontecimientos, sin dejar de lado un atento estudio sobre las nuevas tecnologías que se aplicaron durante más de 4 años en usos bélicos con consecuencias nefastas para soldados y civiles.

Además, es oportuno estudiar cómo los líderes de la opinión pública, los literatos, los filósofos, los hombres de cultura, reaccionaron ante el inicio de un conflicto que llevó a consecuencias para muchos inesperadas y dolorosas.

También será necesario recordar las intervenciones de los líderes religiosos, especialmente las declaraciones de los Papas (Pío X y Benedicto XV) y obispos católicos, de los patriarcas y obispos ortodoxos, y de los pastores y clero surgido de la Reforma protestante y del anglicanismo.

De modo especial, hay que sacar a luz la vida común de millones de familias que veían con angustia cómo sus hijos marchaban al frente, o que temían por la llegada de la guerra “concreta” cerca de los propios hogares, en medio de tensiones y angustias que nos resultan difícilmente imaginables.

Este año 2014 es un momento para reflexionar sobre lo que entonces fue denominado como “la Gran Guerra”. No sólo para recordar hechos sangrientos, sino para reconocer responsabilidades, para denunciar injusticias, para descubrir también gestos pequeños o grandes de heroísmo y de nobleza.

En definitiva, se trata de mirar hacia lo que conocemos como Primera Guerra Mundial para aprender a no repetir los errores de aquel tiempo y para promover una convivencia entre los pueblos basada en la justicia, en el mutuo respeto y, en muchos casos, en el perdón sincero de los errores e injusticias cometidos por otros.