Por Gilberto Hernández García |

A unos ocho kilómetros de San Miguel de Allende, por la carretera que va a Dolores Hidalgo, es posible ver las cúpulas y el campanario del Santuario de Atotonilco, ese del que, narra la historia patria, tomó Miguel Hidalgo el estandarte de la Guadalupana para guiar a los recién levantados en armas en su lucha por la emancipación de la corona española.

Al entrar al lugar no es difícil inferir que la vida toda de este pintoresco pueblo gira en torno al Santuario de Jesús Nazareno y la Santa Casa de Ejercicios Espirituales, edificaciones levantadas entre 1740 y 1776, gracias al espíritu indómito del padre Luis Felipe Neri Alfaro, un sacerdote oratoriano (1709-1776), «un asceta abajeño por adscripción, místico por convicción y santo por tradición», como lo describe el historiador Jorge F. Hernández.

El recinto religioso, catalogado como «relicario del barroco mexicano» y declarado patrimonio cultural de la humanidad en 2008, se levanta en medio del páramo desierto –aunque a la fecha se hayan multiplicado las edificaciones–, rodeado de lomeríos espinosos y ojos de agua termales, que ha visto desfilar ejércitos insurgentes, hordas revolucionarias, «tropas de Jesús y tandas de ejercitantes». Es además, un espacio levantado como nido de virtud y recogimiento, repleto de pinturas y de versos, que se contraponen con los vicios y desenfrenos que él mismo fundador censuraba.

Así las cosas, si monumental es esta obra arquitectónica, mucho más lo es la obra espiritual que aquí ha pervivido a lo largo de más de dos siglos y medio.

Oasis espiritual en el páramo

Una constante tradición dice que cierta vez en que el padre Alfaro volvía a San Miguel, después de predicar en el vecino pueblo de Dolores, agotado por el viaje decidió descansar a la sombra de un mezquite que había donde hoy se levanta el famoso Santuario.

Al poco tiempo de quedarse dormido «tuvo una visión de Nuestro Señor Jesucristo, coronado de espinas y llevando la Santa Cruz a cuestas, y que le decía que era su voluntad que aquel sitio se convirtiera en lugar de penitencia y oración, y que al efecto se levantara allí un templo», según narra el cronista sanmiguelense Samuel Rangel.

Algunos biógrafos del padre Alfaro, como José Bravo Ugarte, señalan que el clérigo encontraba similitud  de estos parajes con los lugares santos de Palestina, particularmente por la configuración de un cerrito, conocido como el Cerrito del Ojo de Agua, por tal razón decidió transformar el lugar en centro de regeneración cristiana.

Relicario de América

En el santuario de Jesús Nazareno de Atotonilco, en cuyo anexo se realizan los ejercicios espirituales, nada es fortuito.  El recinto es conocido como «la Sixtina mexicana», debido a la profusa decoración que ostenta, obra de Antonio Martínez de Pocasangre. La sobriedad de su fachada contrasta grandemente con los interiores, que dejan de manifiesto la espiritualidad del padre Alfaro, quien concebía la mortificación como vía para ganar el Cielo.

Al ingresar, el visitante se siente sobrecogido por la saturación de imágenes, símbolos y mensajes. Esa es la estrategia del místico de Atotonilco: hacer reflexionar a los feligreses sobre el Misterio Pascual de Jesucristo, particularmente de la Pasión y Muerte del Salvador y la necesidad de la conversión de los pecadores.

Así, el cancel de entrada muestra en tableros rectangulares escenas alusivas a las virtudes y sus premios, los vicios y sus castigos, además de pasajes del Nuevo Testamento y diversos santos y santas.

Llama poderosamente la atención la abundancia de demonios que parecen observar atentos a los que ingresan al recinto, como si estuvieran escogiendo con quien aumentar la cosecha para la perdición. Más de alguno pensará que esas ilustraciones están fuera de lugar, sin embargo, al avanzar por la nave principal no tardará en darse cuenta de la finalidad de su presencia: hacer conciencia de la eterna lucha entre el bien y el mal.

Los motivos predominantes en las bóvedas del vestíbulo y de la única nave, son escenas de la Pasión de Cristo: la oración en el Huerto de los Olivos, el prendimiento de Jesús, en camino de la Cruz, la crucifixión misma, y otras relativas al Juicio Final.

En la capilla conocida como «La Gloria Escondida» los murales tienen una alegoría del pecador, representaciones de la Muerte del Justo y el Camino de la Salvación, del Juicio Final y los suplicios en el Infierno, con textos alusivos a los Ejercicios de San Ignacio y poesías del padre Alfaro.

Precisamente de esta poesía rebosan los muros del santuario entero. ¿El tema? Principalmente advierte sobre el peligro de morir en pecado y la consiguiente necesidad de conversión: En juicio particular / estás ante el juez supremo /que rectamente te pida/ cuenta de tus pensamientos / Aquí tus mismos pecados / han de ser fiscales fieros.  O este otro: Teme, teme pecador / el más horroroso mal /porque hay un juicio final / todo susto y todo horror.

De los ejercicios espirituales que en la Casa Santa se realizan por tandas durante todo el año, ya hablaremos en otra ocasión.