Por Rodrigo Aguilar Martínez,  Obispo de Tehuacán |

Con frecuencia cuenta mucho la presencia de nuestra madre en la fe que hemos recibido y crecido, lo cual nos hace dar gracias a Dios. Si también han participado otros familiares, como el papá, los hermanos, abuelos o tíos, demos más gracias a Dios. No dejan de sumarse otras personas que han colaborado, como sacerdotes, religiosas, catequistas en la parroquia. Pero ahora quiero centrarme en la relación familiar.

Desde luego hay que tener en cuenta que no siempre la atmósfera familiar ha sido favorable.

De todo, tanto de lo bueno, como de lo no tan bueno y de lo negativo, ha habido en el caso de santa Mónica, cuya fiesta celebramos el 27 de agosto, y san Agustín obispo de Hipona, cuya fiesta es al día siguiente, 28 de agosto.

Mujer ejemplar

Santa Mónica fue ejemplar hija, esposa, madre, nuera, suegra y abuela en un ambiente no fácil, con frecuencia hasta adverso. Ella recibió la educación cristiana desde pequeña, sobre todo gracias a una empleada que trabajaba en su casa. Fue dada en matrimonio a un hombre llamado Patricio, quien era muy violento y no cristiano. Mónica supo ser amable, prudente, pacientemente amorosa con el esposo y con la suegra. Tuvo tres hijos. Los dos pequeños eran dóciles y sencillos, pero el mayor, Agustín, era de brillante y recia personalidad.

Las amigas de Mónica se sorprendían que ella no peleara con su esposo, ni éste la golpeara, lo que era común en otros matrimonios. Mónica les decía que para pelear se necesitan dos y ella no replicaba, a pesar del esposo violento e infiel; más bien ella supo ganárselo y que recibiera el bautismo poco antes de que él muriera. Lo mismo con su suegra, que era colérica y autoritaria, ella se la ganó con atenciones y sufriéndola con mansedumbre.

Pero las frecuentes y abundantes lágrimas de santa Mónica eran en relación a su hijo Agustín, quien andaba perdido en ideas y costumbres. Agustín recibió educación cristiana de pequeño, pero no el bautismo. Amante de la filosofía, buscaba hambriento la verdad, pero no en la Sagrada Escritura ni la doctrina cristiana, sino en otras religiones y escritores. Se hizo del grupo de los maniqueos. Optó por dejar su ciudad, Tagaste, en la actual Argelia, en el norte de Africa, y emigrar a Italia, junto con su amante –no estaban casados- y un hijo que habían procreado. Primero estuvo en Roma, luego en Milán, donde aceptó dar clases. Allá lo siguió su madre Mónica, sufriendo y llorando por el hijo, pero sin abandonarlo ni rechazarlo. San Ambrosio, obispo de Milán, llegó a decir a santa Mónica: “¡Vete en paz, mujer, es imposible que se pierda el hijo de tantas lagrimas!”

 Agustín, conversión a base de lágrimas

Escuchando a san Ambrosio, Agustín se empezó a sentir atraído por Jesucristo y la Sagrada Escritura, especialmente por las Cartas de san Pablo. Finalmente recibió el bautismo junto con su hijo. La amante había decidido regresar a Africa.

Ya convertido, Agustín se dirige a Dios diciendo: “¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y lo aspiré, y ahora te anhelo; gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseé con ansia la paz que procede de ti.”

Agustín fue luego ordenado sacerdote y obispo de la ciudad de Hipona, donde se convirtió en un modelo de pastor durante 34 años, sirviendo a Dios y a su comunidad. Las oraciones y lágrimas de su madre santa Mónica dieron abundantes frutos.

En verdad que las oraciones, lágrimas y apoyo mutuo en la vida familiar no dejarán de dar fruto.