Por Jorge Traslosheros |

Conforme la violencia del autoproclamado Estado Islámico se ensaña contra cristianos, yazidíes y otras minorías, nuevas voces se suman a la condena. Entre otras, destacan las del mundo musulmán, desde la bien articulada del King Abdullah Bin Abdulaziz International Centre for Interreligious and Intercultural Dialogue (KAICIID), con sede en Viena, pasando por intelectuales y periodistas de diversas latitudes, hasta conmovedoras manifestaciones de la gente sencilla.

Su clamor es unánime. Los fanáticos manipulan el Islam, pervierten el Corán y traicionan la religión que dicen profesar. Me recuerdan la lección de Ratisbona del profesor Ratzinger.

El 13 de septiembre de 2006, Joseph Ratzinger, entonces Benedicto XVI, visitó la universidad de Ratisbona donde alguna vez diera clases. Dictó una memorable lección que hoy resuena con fuerza. Habló de la natural vocación de las religiones por la justicia y la paz, cuya realización depende de la correcta articulación entre fe y razón; a su vez, uno de los grandes tópicos de su teología y magisterio. Explicó cómo, cuando el diálogo falla, se presentan las patólogías de la razón y de la religión que les deslizan, en el extremo, al fanatismo. Entonces, ante el ascenso de la irracionalidad disfrazada de fundamentalismo, lanzó un reto a los musulmanes para condenar la violencia como medio para imponer la fe, sin excusar del lance a los cristianos.

El Papa Benedicto XVI había puesto el dedo en la llaga. Tres reacciones deben recordarse. Por un lado, la conseja mediática e intelectual de occidente, esa que se dice la epónima expresión de tolerancia y libertad, se lanzó con violencia irracional contra Ratzinger acusándolo de fanático y provocador, cuando en realidad había hecho una contundente invitación al diálogo en la razón. Por otro lado, quienes taricionan el Corán lanzaron condenas incendiarias llamando a más violencia. En ambos casos le dieron la razón a Ratzinger. Unos y otros se mostraron infectados de las patologías descritas en la lección de Ratisbona.

A contrapelo, la reacción más interesante provino del Islam. Un nutrido grupo de líderes e intelecutales musulmanes firmaron una carta en la cual recogían el reto del diálogo. Su epicentro fue el Reino de Jordania, pero rápidamente se extendió por diversas latitudes. En ella, además de señalar sus desacuerdos con el profesor, condenaron a cuantos pretenden imponer por la violencia “sueños utópicos en los cuales el fin justifica los medios”. Demostraron que no sólo Ratzinger tenía razón.

Es justo decir que la lección y la carta no empezaron el diálogo entre cristianos y musulmanes, pero sin duda fue factor importante para impulsarlo a niveles nunca antes vistos. Hoy, estoy cierto, este diálogo está dando frutos no solamente entre ciertas élites, también entre la gente común quienes, mucho antes de que aparecieran esos fanáticos, habían hecho de la convivencia interreligiosa su forma natural de ser y hoy protestan porque quieren seguir viviendo de la misma manera. En mi opinión, es la voz más potente de entre cuantas puedan ser escuchadas. El encuentro entre la gente sencilla y la intelectualidad me llena de esperanza. Cuando esta relación se alimenta con paciencia y constancia, entonces genera movimientos culturales poderosos.

La lección de Ratisbona ya es, más bien, una evocación. El reino de Dios es como una semilla que, una vez en tierra, crece de día y de noche, aunque el labrador no se de cuenta, hasta dar fruto abundante. Así lo dijo Jesús.

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