En la Audiencia general de este miércoles el Papa Francisco cuestionó: ¿Que se pide a los ministros de la Iglesia, es decir a los obispos, sacerdotes y diáconos para que su servicio sea auténtico y fecundo?
San Pablo en sus cartas pastorales, además de los dones inherentes a la fe y la vida espiritual, enumera algunas cualidades humanas esenciales para esos ministerios: la acogida, la sobriedad, la paciencia, la mansedumbre, la fiabilidad, la bondad de corazón que constituyen ”el alfabeto, la gramática básica de cada ministerio… porque sin esta predisposición … para encontrarse con los hermanos, para dialogar y relacionarse con ellos con respeto y sinceridad, no se puede dar ni un servicio ni un testimonio alegre y creíble”, dijo Francisco.
También hay otra actitud de fondo que el apóstol recomienda a sus discípulos y, por consiguiente, a todos los que ejercen el ministerio pastoral; es la de reavivar continuamente el don que ha recibido. ”Esto significa -aclaró el Papa- que hay que ser siempre muy conscientes de que uno no es obispo, sacerdote o diácono, porque es más inteligente, más bueno y mejor que los demás, sino sólo en virtud de un don de amor otorgado por Dios…para el bien de su pueblo…Efectivamente un pastor que es consciente de que su ministerio procede sólo de la misericordia y del corazón de Dios nunca tendrá una actitud autoritaria, como si todos estuvieran a sus pies, y la comunidad fuera su propiedad, su reino personal”.
”La conciencia de que todo es un don, de que todo es gracia también ayuda a un pastor a no caer en la tentación de creerse el centro de atención y de confiar sólo en sí mismo. Son las tentaciones de la vanidad, del orgullo, de la suficiencia, de la soberbia. ¡Dios no quiera -exclamó el Pontífice- que un obispo, sacerdote o diácono piense que lo sabe todo, que siempre tiene la respuesta correcta para todo y no tiene necesidad de nadie!. Al contrario, la conciencia de que él es el primer objeto de la misericordia y de la compasión de Dios tiene que llevar a un ministro de la Iglesia a ser siempre humilde y comprensivo con los demás. Incluso sabiendo que está llamado a custodiar el depósito de la fe con valentía, escuchará siempre a la gente. Y sabrá que siempre tiene algo que aprender, también de aquellos que todavía están lejos de la fe y de la Iglesia. Todo esto desembocará a asumir, junto a sus semejantes, una actitud nueva, basada en el intercambio, la responsabilidad común y la comunión”.
”Tenemos que dar siempre gracias al Señor, porque a través de los obispos, sacerdotes y diáconos sigue guiando y formando a su iglesia, haciéndola crecer a lo largo del camino de la santidad. Al mismo tiempo, tenemos que seguir rezando para que los pastores de nuestras comunidades sean la imagen viva de la comunión y el amor de Dios”, finalizó el Obispo de Roma.