Por Jorge Traslosheros H. |

Sin duda, uno de los asunto más complicados de abordar en los medios intelectuales y académicos es la familia. Como tantos otros relacionados con nuestra cotidianidad, se encuentra gravemente ideologizado hasta convertirse en una especie de botín político, lo que impide dimensionar su importancia para nuestra existencia.

Bien lo dijo el papa, su banalización es uno de los más graves ataques que sufre hoy en día.

Como siempre sucede, la terca realidad termina por sobreponerse a cualquier ideología, sin importar cuán poderoso sea su aparato propagandístico. Resulta imposible reducirla a un debate sobre raza, clase y género, poco científico y harto ideológico. Hoy, desde Ayotzinapa, nos llegan lecciones que haríamos bien en meditar y aprender, en cuyo centro se encuentra la familia.

Estoy convencido de que el misterio de los jóvenes desaparecidos ha sido, desde el principio, un asunto político y que esto constituye el principal obstáculo para resolverlo. Su secuestro no fue motivado por una racionalidad criminal en primera instancia, sino política. El hecho de que lo hayan cometido funcionarios públicos vinculados al crimen organizado no cambia nada. El móvil fue la lucha por la dominación finalmente política de una zona específica, por un grupo bien identificado de políticos metidos a lucrar con el crimen organizado, en este orden. Nos son narcos-políticos, sino políticos-narcos.

Estoy cierto que hemos estado viendo la imagen invertida de las cosas. Los partidos y los gobiernos, como algunos sectores de la sociedad civil, parecen querer resolver un conflicto que es político, como si se tratara de un asunto criminal. La brutalidad con que procedieron no niega lo dicho, tan sólo confirma la naturaleza de sus perpetradores.

La motivación real del drama crea las dificultades para resolverlo. Mientras más se les busca, menos se les encuentra, provocando que el ambiente nacional continúe enrareciéndose, con ganancias para los pescadores de ríos revueltos. Macabro sin duda, pero claramente político. Haríamos bien en preguntarnos quiénes obtienen la mayor ganancia ya no con la desaparición de los jóvenes, sino con el hecho de que no aparezcan. Quienes lucran políticamente con la tragedia se hacen cómplices de sus implicaciones criminales.

Sin embargo, en medio de este macabro juego, brilla la esperanza de encontrar a los muchachos sostenida única y solamente por sus familiares. Han sido las familias quienes han mantenido en alto la causa de sus hijos, evitando la deriva amnésica. Y son las redes de solidaridad que las confortan quienes hicieron llegar su voz a través de movimientos eclesiales, de parroquias y episcopados hasta el Papa quien, a nombre de la Iglesia, proclamó la solidaridad con ellas.

Cuando la Iglesia afirma que sólo la familia puede sostener a la sociedad, piensa en estos hombres y mujeres, jóvenes, niños y ancianos como los de Ayotzinapa, quienes sufren los brutales embates de la cultura del descarte. Situación que comparten con muchas otras de Centroamérica, Medio Oriente, África o los barrios neoyorkinos. La Iglesia se toma en serio a las familias porque sin ellas nuestro mundo sería insostenible. Sólo ellas nos pueden sacar del infierno al que nos conduce esta cultura que nos reduce a objetos de uso, en este caso, político.

Los muchachos aparecerán. No por la magia de algún político de ocasión, sino porque sus familiares, hombres y mujeres arrechos si los hay, habrán sostenido la esperanza en esta justicia encarnada en Jesús. Entonces, recibirán el trato digno que merecen los hijos de Dios.

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